domingo, 17 de julio de 2011

Paréntesis

Últimamente en twitter (@jdegaray y @letratu) he publicado ciertos tweets en los que digo: "Podría escuchar todo el día The Libertins" o "Podría escuchar todo el día The Cure" o "Podría escuchar todo el día The Smiths" o "Podría escuchar todo el día Talking Heads" o "Podría escuchar todo el día "Arcade Fire", pero la verdad es que cada uno de esos tuits en realidad significan "Podría hablar todo el día sobre mi madre."

Sabado en la noche

Son las once de la noche del sábado 16 de julio de 2011, apenas casi 8 meses tras la muerte de mi madre. Estoy débil a causa de una gripa que me ha durado ya tres días y de una diarrea, muy preocupante, que lleva ya más de dos semanas mermando mi salud.  Mi mujer salió a festejar el cumpleaños de un querido amigo en común con el que en un par de semanas me largaré a Lollapalooza.

En la tarde vi Rocky I y Rocky II.  Ambas lograron crear ese incómodo nudo que se forma en la garganta y que, al menos en mi caso, suele ser una estupenda barrera entre el mundo y mis emociones; siempre que se me hace el famoso nudo en la garganta, no sé por qué, logro aguantar llorar.

Otra circunstancia más que impera en este momento, llamémosla "de modo", es que estoy dopado: acabo de tomarme dos tabcín, doble dosis de wellbutrín y doble dosis de stilnox (estos dos últimos prescritos por mi psiquiatra; el primero, por el señor boticario de la farmacia San Pablo). Y estoy escribiendo en la computadora de mi mujer, sobre la barra de la cocina, oyendo, en este preciso instante, "No cars go", de Arcade Fire.

¿Qué me inspiró escribir ahora? Varias cosas. Tras ver las películas de Rocky decidí nuevamente ver el documental "Miroir Noir" que trata sobre el "detrás de cámaras" o "cómo se grabó" Neon Bible de Arcade Fire, y tras éste, decidí oír solo, en la sala, con mi tecito de menta en la mano, a Arcade Fire.

Quiero aclarar algo -este blog parece estar hecho de puras aclaraciones- sí, estoy clavado con Arcade Fire, muy clavado, pero francamente creo que no por las razones por las que comúnmente la gente se clava con algún grupo, y creo que tampoco de la misma forma en la que los demás lo hacen.  No es que yo sea especial o distinto, pero me gustaría creer que sí lo soy.

Crecí en Narvarte, en un condominio de 140 departamentos con dos patios enormes, los cuales eran llamados por los adultos "estacionamiento" y nosotros los niños los llamábamos según el juego en curso: la cancha de fut, el campo de beis, la pista de bici, el campo de americano, etcétera, etcétera.

(si de repente me desvío, no soy yo, es el dopaje)

Bueno, mi departamento, el 201 del edificio C del número 2103 de la calle de Concepción Béistegui, tenía algo más de 110 m2, una gran estancia con enormes ventanas dirigidas hacia el poniente, por las que todas las tardes entraba un sol amarillo-naranja-rojizo que re-decoraba día tras día la parca selección de colores escogidos por mi madre para sus muebles.

Tenía tres recámaras principales. Una de ellas, la de mis padres, era la más aburrida de todas, por que nunca nada pasaba ahí, sólo la usaban para dormir.  Si me preguntan qué recuerdos tengo de esa recámara, tan sólo podría decir que estaba decorada con dos cuadros de pajaritos, que pertenecían a una colección de otros tantos plumíferos y de los cuales, alguno de ellos, fui obligado a pintar en mis clases de pintura en primero o segundo de primaria.  Otro recuerdo es cuando mi madre me decía que ya era hora de despertar a mi padre de la siesta, así que yo abría la puerta del cuarto sigilosamente tratando de no hacer ruido para acercarme lo más posible a la cama sin que mi papá se diera cuenta y, cuando fuera el momento preciso, pegar tremendo salto directo a la panza de mi papá para asustarlo.  Pobre hombre, cómo me divertía espantarlo.

El otro cuarto era llamado "el Despacho" y es en ése cuarto donde la mayoría de la vida familiar siempre transcurrió.  Mi padre atrás de su escritorio, con la pared derecha a su espalda, y mi madre frente a la pared izquierda, pegada a la máquina de escribir eléctrica olivetti (¿qué habrá sido de esa máquina?). Libreros en todas las paredes, y hartos libros en todas partes, mucho humo de cigarro, ceniceros llenos, 620 la música que llegó para quedarse de fondo en el radio de mi papá, y por más prisa que tuvieran para terminar una traducción, cada vez que yo entraba a ese cuarto, los dos volteaban a verme: mi madre para ver si me pasaba algo, y mi padre, sólo para sonreírme.

Había veces que entraba, bajo la consigna amenazadora de mi madre de que no hiciera ruido por que estaban trabajando, y mi padre me daba un diccionario y me decía, "a ver hijo, búscate en el María Moliner...", y ya que la encontraba me decía, "bueno, ahora búscala en el Martín Alonso...", y luego en la Espasa, y luego en la Británica y luego en... Seguro mi padre lo hacía nomás para entretenerme y que no estuviera dando lata, pero yo me sentía importante, sentía que participaba activamente en el proceso creativo de la traducción.  También de repente me preguntaba mi padre, "a ver hijo, ¿cómo dirías, esto, así o asá?", y yo le daba mi respuesta y siempre la tomaba en cuenta.  Luego yo le preguntaba, "Oye papá, para quién era esa traducción?" y el me respondía el nombre del cliente.  Y yo podía estar meses enteros pensando si el cliente había leído NUESTRA traducción, si le había parecido bien, e incluso fantaseaba y soñaba despierto con un señor muy elegante de traje que le decía a mi padre "Señor, su traducción fue todo un éxito, pero sobre todo estamos muy contentos por cómo dijo esto en lugar de aquello".

No muchos años más tarde, cuando mi madre comenzó con sus enfermedades, tuve participaciones mucho más activas en el negocio familiar: Hubo meses en los que, ante la ausencia de mi madre por causas de salud, fui uno de los dos o tres mecanógrafos oficiales.  Creo que esto empezó por ahí de los 12 o 13.

Me he desviado terriblemente de lo que en un inicio quería decirles: la tercer recámara, era la mía.  En ella estaba una cama de madera dura roja y grande, viejísima, del siglo XIX (que en ese entonces se me hacía horrible, y hoy la recuerdo como un mueble precioso, de los que ya no se hacen) y una cómoda de las mismas características, pero con una cubierta de marmol, que ambas habían pertenecido a la Srta. Escobedo, que creo fue la que vendió a mi papá el departamento, y si no mal recuerdo, murió en mi cama.

Tenía sobre la cómoda mi tele, a la derecha tenía un pequeño escritorio, y sobre este un póster que a la fecha conservo (enmarcado y protegido) muy sencillo: fondo negro, cuatro columnas en cinco filas de manzanas, de las cuales 19 de ellas eran verdes y una roja (la de la tercer columna segunda fila) y una leyenda en la parte superior, todo con mayúsculas y en letras rojas que decía "¡ATRÉVETE A SER DIFERENTE!".  Sobre este punto, y con el riesgo de parecer tan idiota como carlos cuauhtémoc sánchez, sólo quiero aclarar lo siguiente: Ese póster, que estuvo 13 años en mi casa en Narvarte, 10 años en mi casa en San Miguel Chapultepec, 4 años en Narvarte nuevamente, 4 años en mi casa en Coapa y uno en donde vivo ahora, en Mixcoac, ese póster, estoy seguro que o fue una maldición o una consigna de vida, por que siempre, esté donde esté, en cualquier ámbito, me siento diferente a los demás... la mayoría de las veces siento que no pertenezco y me siento discriminado, otras tantas, por el contrario, aunque siento que no pertenezco me siento casi alabado, pero el caso es que distinto, siempre.

Estúpidas drogas, me volvieron a desviar.  Bueno, les comentaba que empecé en la tarde a ver el cortometraje Miroir Noir, y luego me puse a oír el Neon Bible y ahora estoy escuchando, finalmente el Funeral.  El Funeral es un disco muy importante para mí, por varias causas.

Hace un par de años, cinco o seis, no recuerdo bien, las enfermedades de mi madre empeoraron y nuestro sistema nacional de salud no logró hacer nada por ella, así que acudimos al sistema privado de salud el cual, además de malo, casi nos dejó en la calle.

Si tú, querido lector, me conoces, ya te sabes esta parte de la historia y te parecerá de hueva, pero perdón, no me la puedo saltar. No quiero brincármela.

Iré un poco más atrás para que se enteren de cómo estuvo la cosa, para aquellos que no conocen bien la estructura de la familia de Garay Alfaroli.  Mi papá, hijo único, nació en México pero por problemas familiares se fue a vivir a España muy jovencito.  Mi mamá, nacida en Italia, hija de un militar fascista, tras la guerra tuvo que exiliarse en España y ahí creció, primero en la Rioja, cerca de un pueblito llamado San Asensio, en un lugar al que ella llamaba "Villarrica", a lado de un nogal, de un bosquecillo de chopos y de el Río Najerilla, donde mi madre nadaba.
Mi abuelo

La chopera

El Najerilla

La explicación geográfica resulta un poco importante debido a que fue precisamente sobre la chopera que mi padre y yo echamos las cenizas de mi madre.

Bueno, mi madre tuvo una medio hermana que se quedó en Italia, mi Tía Sara, un medio hermano que se quedó en Italia en (Livorno), mi Tío Roberto, y dos hermanas más chicas: mi Tía Grazia, que vive en Vitoria (Álaba) y mi Tía Carmen que vive en Barakaldo (Vizcaya).  Sólo a los hijos de mi tía Grazia les digo "primos", y sólo a ellos los quiero como tal.

Mi madre tuvo un primer matrimonio con un tal Jesús Gómez, y procrearon a la Primer Rosavi (Rosario Victoria) que murió de meningitis como a los dos años de edad), a JesusMari (mi hermano el marino que murió cuando yo tenía 8 años de edad, y al que muy poco conocí, pero sé que él me quería mucho y sé que yo lo quería mucho a él), mi hermana Rosavi (la segunda) y mi hermana Tamara.  Luego, mi madre enviudó y conoció a mi papá, y por no sé qué cosas de mi abuela paterna, ya estando embarazada de mí mi mamá, se vinieron a México, y aquí nací en 1979.  Mis dos hermanas hicieron varios intentos de vivir en México, pero nunca pudieron, no se acoplaron.  Así que yo crecí con un padre sin hermanos, con una madre con hermanos lejos, muy lejos, y con hermanas lejos muy lejos.

Todo el rollo anterior se los cuento para que puedan entender que, cuando en esta narración hablo en primera persona del plural, por "nosotros" me refiero a mi papá, mi mamá y yo y nadie más.

Total, entender a mi familia significa entender que cuanto problema se presentó, tenía que ser resuelto por tres, sólo por tres y nada más que por tres, y esos tres eran un niño-adolescente-joven-adulto, una adulta-vieja y un adulto-viejo.  Los problemas del niño-adolescente, en su egocentrista forma de ver las cosas, eran los más importantes, los más urgentes; sin embargo, los problemas de los adultos-viejos eran los reales, los de vida o muerte.

No recuerdo si fue mi padre con algún infarto o mi madre con el cáncer o con algún infarto, pero el caso es que desde los 12 o 13 años pasé gran tiempo de mi vida en hospitales, generalmente públicos.  Incluso, llegué a tener tanta experiencia en ello, que aunque yo era menor de edad, se me permitía quedarme en la noche para estar de guardia con el enfermo, mientras mi otro adulto-viejo se iba a descansar unas horas en la noche.  Llegué a tener que tomar decisiones de adulto sin la asesoría de ninguno, y sobre todo, a mi cortedad tuve que tener con el adulto-viejo-sano las discusiones sobre qué hacer con el adulto-viejo-enfermo.  Así fue como ascendí jerárquicamente dentro de la familia: logré pertenecer al Triunvirato que tenía el poder de tomar las decisiones del pueblo, lo cual implicó una dicotomía sobre las decisiones que sobre mí mismo debía tomar, así como también sobre las que mis padres tenían que tomar.

Por un lado, estaba Juan que ya formaba parte de las decisiones de salud de los otros miembros de la familia, y por otro lado estaba Juan que tenía que decidir él mismo si salir a emborracharse con sus cuates o no.  A Juan sus padres jamás le negaron un permiso ni lo castigaron, lo dejaron ser un autodidacta de la vida, pero no por que Juan no les importara, sino porque Juan, según ellos, había sido debidamente educado y era inteligente, y podía tomar cualquier decisión importante y salir avante.

Puta madre, ahora sí ya no tengo ni la más remota idea sobre qué quería escribir en un inicio.

¡Ah! ¡Sí! ¡Sobre Arcade Fire!

Bueno, resulta que tras muchas enfermedades de mi madre, mis papás deciden irse a España, donde la seguridad social pública es infinitamente mejor que la de México, por desgracia.  Se van de urgencia, porque el corazón de mi madre ya no resistiría mucho más la altura de la Capital.

Y se van, por que yo prometí que, en cuanto concluyera mi carrera y resolviera mis problemas de nacionalidad, los alcanzaría.  Esta promesa la hice sabiendo que nunca la cumpliría.  Sólo la hice por que sé que de no haberla hecho, no se hubieran ido, y mi madre hubiese muerto inmediatamente.

Bueno, pues resulta que en septiembre mis padres se marchan a España y yo los acompaño.  Si mi memoria no me falla, justo en ese entonces empecé a entrarle al iPod (yo era un enemigo acérrimo de los iPods, ¡se me hacía increíble que la gente no quisiera cargar su puto disc-man y sus CD's!, y luego, como todos, sucumbí), y también en ese entonces acababa de descubrir el Funeral de Arcade Fire.  Debo confesar que la magia que sentí cuando conocí ese álbum, no la he vuelto a sentir con ningún otro.  De inmediato, canción tras canción, sentía que habían sido escritas desde siempre y que yo las conocía desde antes de eso.  Bueno, cómo decirles que ni con el Dark Side of the Moon, el Ten o el Nevermind sentí tal eléctrica atracción.  Obsesivo compulsivo que soy, el viaje México-Madrid-Bilbao Bilbao-Madrid-México, tuvo un sólo soundtrack y ese fue Funeral.

Tras ese otoño que dejé a mis padres en Bilbao, regresé en muchas ocasiones; muchas más de las que mi esposa hubiere querido, y muchas menos de las que debí haber ido, pues yo sabía que a mi madre le quedaba muy poco de vida.

Si esto fuera una máquina de escribir y no una lap top, sobre el anterior párrafo encontraría usted, querido lector, dos gotitas de agua salada diluyendo la tinta, y esas, querido lector, fueron las dos primeras lágrimas de la noche.

Mis siguientes viajes fueron en los diciembres, en las semanas santas y en los veranos subsecuentes.  Yo iba, me decían lo mucho que me extrañaban, lo mucho que yo a ellos los extrañaba, arreglábamos cosas de la casa y me preguntaban que cuándo me iba a titular, que ya querían que me fuera a vivir con ellos.  Creo que los dos primeros años no mentí, les respondí que no estaba titulado, pero en mayo de 2008, cuando obtuve el grado de Licenciado en Derecho, aún sabiendo que ello hubiere sido una gran alegría para ellos, no se los dije.  Incluso, a mi examen profesional no estuvo nadie invitado, se llevó a cabo con la sola presencia de mis tres sínodos y su servidor.  Creí que si mis padres no podían estar ahí, nadie más lo merecía.  Esto, obviamente me trajo muchos problemas con mi esposa, y, a la fecha, cuando se acuerda, se enoja.  Mis padres me vieron crecer, me enseñaron casi todo lo que sé, me enseñaron a pensar, a buscar la verdad, a tener curiosidad de la vida, a perseguir mis metas y a lograrlas.  Ellos, mis coaches de la vida, debían ver cómo ganaba la carrera, y si ellos no estaban ahí para verlo, nadie más debía hacerlo.  Así lo pensé, bien o mal, pero así fue.

Ya me desvié nuevamente, resulta que Funeral se convirtió en una tradición en mis viajes a Europa.  Incluso, uno de mis viajes fue muy malo, pues me habló mi hermana y me dijo que mamá estaba súper mal y que me apurara para ir porque igual y no la alcanzaba, y pues ya saben, como pedo al aeropuerto y cuando llegué, todo normal, falsa alarma.  Quería matar a mi hermana.  No es lo mismo que te digan, "córrele que tu Jefa está en Xoco muy grave" a que te digan "córrele que tu jefa está en Bilbao muy grave".

Uno de los temas que nos ha unido a mi padre y a mí siempre ha sido la música.  Él siempre tratando de enseñarme de jazz y blues, y yo a él de rock.  Y los dos hemos sido buenos maestros y alumnos.

Resulta que en la Navidad de 2009, no sabía qué regalarle a mi papá, y de pronto se me ocurrió el mejor regalo del mundo: darle el Funeral de Arcade Fire.  (Debo aclarar que no fue fácil conseguirlo en Bilbao).

El señor se extrañó un poco, y mi madre también, pero los convencí de que era un excelente disco, y a mi papá hasta lo convencí de que lo oyera al mismo tiempo que leí las letras, y bueno, no sé si fue por darme gusto o si fue sincero pero me dijo: "¡Hostias, está cojonudo Juanete!"

Pues así fue, en Diciembre de 2009 di a mis padres a conocer el Funeral.  En Agosto de 2010 Arcade Fire presentó su tercer álbum "Suburbs" y en Octubre de 2010 se presentó en el Palacio de los Deportes (¿el 13?), y obviamente estuve ahí.  La próxima semana, en mi computadora, subiré a este blog algunas fotos y algunos links que quiero compartir con Ustedes.
Arcade Fire, desde atrás del escenario

Y bueno, en octubre de 2010 fui el hombre más feliz de la tierra, pues vi a Arcade Fire.

El miércoles 24 de noviembre de 2010 me habló mi madre para felicitarme por mi trigésimo primer cumpleaños, y además, para decirme que ahora que fuera (creo que tenía ya boleto para el 12 de diciembre o algo así) que por favor de Madrid a Bilbao no tomara autobús, que me fuera en tren, porque había estado cayendo mucha nieve y era peligroso.  La tiré de a loca y le dije "sí jefa, luego vemos" y ya.

El viernes 26 de noviembre de 2010, mi mejor amigo Jorge (quien radica en Madrid) me habló y me dijo que mi mamá estaba muy grave y que me fuera inmediatamente para allá, que él en ese momento salía de Madrid a Bilbao para ver qué onda.  Tomé junto con mi esposa el vuelo 1 de Aeroméxico del sábado en la noche, y llegué a Madrid al medio día del domingo.  Tomé el primer autobús que me llevaba de Madrid a Bilbao (un trayecto de 4 horas y media aproximadamente), y cada media hora hablaba con J., que me decía que me apurara, que si no no me iba a poder despedir, y bueno, ya saben, los nervios y la tristeza haciéndome mierda, mi mujer tratando de consolarme, pero eso sí, oyendo el Funeral, una y otra vez.  Llegué a Termibús de Bilbao (afuera del San Mamés) y mi cuñado y mi sobrino nos recibieron a mi mujer y a mí y nos llevaron rapidísimo al Hospital de Cruces, en Barakaldo.

A la hora que llegué a la habitación, mi madre ya llevaba más de cuatro horas muerta.  Lo que mi papá, mis hermanas y mi amigo J querían era que yo llegara a verla ahí, muerta, antes de que se la llevaran.

Parecía de plástico.  Parecía un gran muñeco de cera.  Despeinadita toda ella, con la boca abierta y con un color extraño, extrañísimo.

Me preguntaron qué quería hacer y respondí pues ya, que se la llevaran, que había que hacer trámites y todo eso.  Mi papá no paraba de llorar. Yo, en cambio, me puse a hacer cosas y a dar órdenes.  Las cosas debían estar acomodadas en el orden natural.

Hablé con mi mejor amigo Gonz y con mi mejor amigo Esteban; tuiteé que mi madre había muerto, y que por favor escucharan "my way" pero de Sid Vicious en su honor.  Sólo Loretito lo hizo. Me habló mi querida amiga Mon, mi querida amiga Toña, mi suegra. Hablé con mi Jefe y amigo Eduardo Galdós, y lloré, lloré mucho, mucho, mucho, mucho más de lo que estoy llorando ahora mientras oigo Sprawl 1 del Suburbs de Arcade Fire.

Volví a ver a Arcade Fire en Coachella 2011, con mi esposa, Mon y Loreto.  Y significó mucho para mí.  Mucho más de lo que un simple grupo de rock debería significar.  Y hace poco me tatué en la espalda la portada del Funeral, y la frase "purify the colors, purify my mind" que pertenece a la canción Neigborhood #1 (Tunnels) de ese disco.

Pero la verdad, el tatuaje que desearía ponerme es el trilladísimo corazoncito que adentro dijera "I love mom".

Comentario del 18 de julio de 2011:
La liga que voy a poner, es del concierto de Arcade Fire en Bilbao, en la explanada del Guggenheim.  Sentarme a la orilla del Nervión, en Bilbao, para admirar por horas el Guggenheim, es una de las actividades que más he disfrutado en mi vida.  Haber estado en ese concierto, hubiera sido todo para mí.

El Guggenheim en verano

El Guggenheim y mi mujer en invierno

El Guggenheim en otoño

Ready to start, Arcade Fire en Bilbao