miércoles, 29 de junio de 2011

Intensidad

Intensidad... mucha intensidad en mi vida... intensidad en el trabajo, intensidad con mi papá, intensidad con mi mujer, intensidad con mis amigos, intensidad en el desmadre, intensidad en la música, intensidad en general.  Francamente, creo que es bueno vivir con intensidad: es mejor sentir algo, aunque sea malo, que no sentir nada. Creo.

Hacía tiempo que no me sentía tan lleno de algo, aunque ese algo no lo sepa definir, y aunque ese algo no necesariamente me haga sentir bien.

Lo que sí es que debo replantearme la imagen que tengo de mí mismo: hasta ahora, siempre me creí un tipo bastante alivianado, que sólo "intenseaba" en contadas ocasiones y tan sólo al tratar determinados asuntos, pero últimamente me he sorprendido a mí mismo "intenseando" sobre todo y a todos, lo cual, indefectiblemente, aburrirá al público en general y hará que los demás se alejen de mí.  Tal vez eso es lo que quiero, tal vez en mi interior lo único que quiero es llenar la vida de los demás hasta el hartazgo, con tal de que me dejen en paz.

jueves, 23 de junio de 2011

Memorias sobre La Pitufa

(Alejandra, mi única lectora: te recomiendo que esta entrada ni la leas; trata sobre algunas de mis memorias cursis sobre mi infancia y mi adolescencia, y además, ni bien escrita está, porque fue más que otra cosa una lluvia de ideas que repentinamente se desbordó una tras otra sobre el teclado.)


Recién llegaron mis papás a México, nací, y recién nací, compraron una Caribe 1980, azul cielo, de cuatro puertas, que más tarde sería bautizada por mis amigos como “La Pitufa”.

La Pitufa estuvo en mi familia tanto tiempo, que se hizo parte de ella.

Recuerdo a mi mamá, llevándome a la escuela en la primaria.  Muchas veces íbamos con nuestra perra “La Loby” (que era una “pastor belga” negra, con la cara delgadita, gorda, gorda, gorda, gorda como bóiler, y con las patitas delgadas como palillos), por que después de dejarme, se iba con la perrita al Parque de los Venados.

¡Hay tantos recuerdos de esas dejadas en la escuela: en ocasiones cantábamos en italiano.  Una de las canciones que hasta hoy recuerdo es “Il Canto degli Arditi”, una canción que años después me enteré que era política pro-fascista, y que hoy me enteré que se llama así y que toda la vida la he cantado mal (¡gracias youtube!).

Cuando en sexto de primaria tuve que comenzar a llegar temprano a la escuela, mi madre y yo íbamos en La Pitufa oyendo La Tremenda Corte, el programa de Gutiérrez Vivó, y el programa de Ikram Antaki, que la verdad era interesantísimo. Mi mamá se emocionaba hablando de Ikram Antaki, pero se emocionaba de verdad; la admiraba muchísimo.  Siempre que había alguna plática sobre “gente inteligente”, mi mamá citaba a Antaki.

También recuerdo que casi todo un año a mi mamá le dio flojera hacer el desayuno y decretó que todos los días desayunaríamos en el Lynis (que hoy es Vips) que está en Insurgentes una cuadra después de Eugenia.  Todos los días, en el mismo lugar de la barra, con la misma mesera atendiéndonos.

Pues sí, creo que La Pitufa fue el “foro libertario” en el que mi madre y yo más llegamos a conocernos.

También recuerdo que mi papá me llevaba muy poco a la escuela, por dos razones: la primera y la más importante, porque toda su vida ha odiado levantarse antes de las diez de la mañana, y otra porque mi mamá se lo prohibió porque muchas –no exagero, muchas- veces, en lugar de ir a la escuela nos íbamos de pinta. ¡Era tan fácil convencerlo de irnos de pinta! Nos íbamos a desayunar, a caminar al Centro, a alguno que otro museo, y a veces a ningún lugar en especial, como algún parque.  Regresábamos a la casa como a las 11 o 12, y mi mamá nos ponía unas regañadas bárbaras a los dos por nuestras pintas, y guardábamos esa complicidad que años más tarde y hasta hoy día, muy a mi pesar, seguimos teniendo.

Con mi papá, los recuerdos sobre La Pitufa eran en la tarde.  Mi mamá se quedaba en la casa a hacer la comida y a mi papá le tocaba ir por mí.  Con mi papá no cantaba, en ocasiones oíamos jazz en el radio (creo que en 620, y recuerdo cómo me mencionaba nombres de Jazzistas, que si fulano tocaba con sultano, y sultano había tocado con perengano, y yo ponía cara de que sí sabía de qué estaba hablando; siempre supe darle el avión a mi papá, para complacerlo), pero la mayoría de las ocasiones platicábamos sobre la vida, sobre filosofía, y me contaba sus historias, las cuales me maravillaban antes tanto como ahora.

Todos mis días de escolar, desde la primaria hasta la universidad, mi papá nunca me preguntó cómo me fue en la escuela, ni mucho menos me increpó en ninguna ocasión por mis calificaciones, siempre fue la misma, la misma, la misma pregunta: “¿Qué aprendiste?”, y yo tenía que choreármelo con algo que me hubieran enseñado, y sobre eso platicábamos.  Mi papá sabe mucho de todo, o bueno, al menos eso siempre creí; siempre tenía algún comentario o alguna adición o algo de algo que aportar sobre lo que me habían enseñado.

La Pitufa también guardó otro importantísimo lugar en mi vida: mi adolescencia y mis primeros años de juventud.

Más o menos como a los 15, al que en ese entonces era uno de mis cuatro mejores amigos, J.R.F.N., sus papás le dieron primero un lanchón que no recuerdo qué marca era, y luego un Volkswagen Derbi verde horrible –pero nuevecito.  Y bueno, creo que a todos nos entra a esa edad la cosquillita de manejar.  Total, fue en La Pitufa en la que J.R.F.N. y mis otros otros dos mejores amigos R.C.G. y J.J.C. de la Ll., me enseñaron a manejar en La Pitu.  Luego, en la Pitu, yo enseñé a manejar a mi otro mejor amigo R.O.R., a quien sus papás le dieron un vocho azul “chiclamino” viejísimo.  En esos años de adolescencia, sólo J.R., R.O. y yo teníamos coche, lo cual nos brindó muchísimos privilegios con las damas.

P., L.P.G.C., para ser más exactos, mi primer gran amor.  La Pitufa y la Colonia Nápoles fueron testigos de los más ardientes fajes que ha habido en la historia de la humanidad.  La pasión –o urgencia- que tienes a los 16, no la vuelves a tener nunca más en la vida, creo.  Yo salía de La Salle como a la 1.30, iba rápido a la casa, recogía La Pitufa, y de ahí me iba a La Florida a recoger a P.  Trataba siempre de estacionarme frente a la puerta principal, me bajaba, le subía al radio, y con cigarro en mano y gafa oscura, esperaba a P.  Quería que todos supieran que estaba ahí, que yo era grande y tenía coche y fumaba, y que P. era mi novia.  En retrospectiva: penita ajena de mí mismo.  De la Florida nos íbamos hacia su casa, primero en la calle de Indianápolis y luego en la de Róchester.  Pero en el camino solíamos perdernos en alguna callecilla y manosearnos como Dios manda, dentro de la Pitufa, oyendo a The Cure o a los Rolling Stones o cualquier cosa que estuviera en Radioactivo o en Órbita; o oyendo “Las Flores” de Café Tacuba, que siempre fue nuestra canción.  Luego íbamos a su casa, la dejaba, y me iba a mi casa a comer.

La Pitufa también fue testigo de mi primer gran infidelidad, y de cómo mis mejores amigos se pelearon entre sí.  R.C.G. y J.J.C. de la Ll. comenzaron a andar con dos chavas del Instituto Simón Bolívar: J.C.E. y L.G.R., respectivamente, y después, mis otros dos mejores amigos J.R.F.N. y R.O.R., también respectivamente, anduvieron con ellas.  Sólo J.R.F.N. y J.C.E. se casaron y procrearon.  Pero bueno, en ese entonces, una de las mejores amigas de J. y L. era un güerita desabrida y flaquita llamada S. (no recuerdo los apellidos) y ¡zas! ¡que empiezo a andar con ella al mismo tiempo que con P.!  Así, durante más de un mes, hice unas travesías enormes en La Pitu: recogía a S. en el Instituto, la llevaba a su casa en Iztapalapa y de ahí me iba a la Nápoles a ver a P.  Al mes y medio alguien le dijo a P. y me cortó, me cortó por 2 meses, y las fechas exactas fueron del 14 de diciembre de 1995 al 14 de febrero de 1996.  No me pregunten por qué me acuerdo de las fechas.

Quiero hacer una aclaración cronológica respecto de los dos párrafos anteriores: Comencé a andar con P. el 22 de septiembre de 1995, y como dos meses después fue que empecé a ponerle el cuerno con S., hasta que P. se enteró y me cortó, como ya dije, el 14 de diciembre de 1995, y volvimos hasta el 14 de febrero de 1996.  Entre que empezamos a andar y me cortó, nunca fajé con ella en La Pitufa, pero con S. sí cuando le ponía el cuerno a P.  Los fajes de los que hablo, que ocurrieron en la Nápoles sucedieron ocho meses después de que volvimos, y fueron hasta después de que su servidor conociera las mieles del amor.  By the way, “perdí el quinto” en la alfombra de la oficina de L., el novio de A.C.G., hermana de R.C.G., en la Colonia San José Insurgentes, mientras oíamos el Wild Mood Swings de The Cure.  De ahí pa’l real, La Pitufa fue donde P. y yo echamos esos míticos fajes y en ocasiones, algo más arriesgadito.

Pero La Pitu no sólo nos vio a P. y a mí encontrarnos en el amor, vio a la mayoría de mis amigos, por que la mayoría de mis amigos la usaron en algún momento de sus primeros pasos románticos.

Recuerdo que R.C.G. y yo íbamos de noche al centro de Coyoacán, estacionábamos La Pitu en medio de los dos parquecitos, y nos metíamos a hurtadillas a los jardines a arrancar rosas para llevárselas a nuestras amadas.  En más de una ocasión tuvimos que huir de algún policía que quería desquitar el sueldo.

Ya es tarde y me esperan en mi casa, otro día los aburro con la siguiente parte de la historia de La Pitu.

lunes, 20 de junio de 2011

Cerveza


La acera quemaba, y se podía sentir su asfixiante calor desde lejos, aun sin seguir tocándola.  Fue una gran coincidencia que cuando más agotado me sentí, encontrara este bar vacío.  Eché mi cigarros a la mesa y me siento.  Mis pies colgaban de la silla, y jugueteé con ellos como cuando era niño, como si quisiera espantar al calor que se depositó en ellos.  Es extraño pero, siempre que voy a empezar a beber inmediatamente pienso en mi madre, bueno, en ella y en todas las mujeres que han pasado por mi vida; incluso también pienso en las que todavía no han sido mis mujeres, aunque tal vez sobre las que más medito es respecto de las que nunca lo serán.

Se acercó la mesera y le pedí una cerveza ("oscura por favor"), mientras trataba de adivinar qué tesoro escondía tras su escote.  Era una morena que no debía tener más de 21 años, y aunque su complexión y su rostro eran "promedio", tenía unos divinos ojos negros que guardaban un brillo seguramente reservado para otro.  

Esperé impacientemente el elixir de la cebada, mientras oía la mala música que sonaba en ese bar, al igual que en casi todos los bares del barrio.  Descuidada y con prisas, la princesa azteca regresó con mi cerveza y la comenzó a servir en vaso, sin darme tiempo siquiera a decirle cuánto odio no tomar la cerveza de la botella.  Garabateó algo en un pequeño block del cual arrancó la primera hoja con la misma premura que quien se arranca una cana, y la puso en la mesa.  "Voy a pedir más", aclaración que al parecer le cayó igual de mal que si le hubiera dicho "te voy a meter mano", y me indicó que entonces necesitaba mi tarjeta de crédito para abrirme una cuenta.  

En lo que hice los movimientos necesarios para tomar mi cartera de la bolsa trasera de mi pantalón, ella sacó de su mandil un teléfono móvil en el que parpadeaba un foco rojo, y comenzó a escribir en él a una velocidad increíble, mientras fruncía cada vez más el ceño.  Seguro el pobre incauto que estaba del otro lado de la línea también le dijo: "Voy a pedir más", por que al parecer la morena estaba tan enojada con él como conmigo.

Esperé pacientemente a que terminara de escribir, mientras sostenía entre el índice y el anular al troyano que de tantos problemas me había sacado.  No me atreví a decir una sola palabra como "ten" o "aquí está mi tarjeta", por miedo a que la próxima cerveza me la sirviera de sombrero.  42 segundos después finalizó su electrónica epístola, devolvió el móvil al mandil, tomó la nota que estaba sobre la mesa, arrancó mi tarjeta de entre mis dedos, se dio la media vuelta y se fue hacia la barra.  Curiosamente, no era la primera vez que me pasaba eso, otras se han tardado años en hacer lo que ésta hizo en dos minutos: irse enojada y llevarse lo poco que tengo.

Tomé el vaso y sentí cómo sudaba, mientras trataba de calificar qué tan fría estaba mi cerveza, y no, nunca está tan fría como yo la quiero.  Le di un pequeño trago, sentí cómo bendecía mi garganta, y en segundos olvidé a la mesera morena.  También curiosamente, no era la primera vez que eso me ocurría: el alcohol siempre me hace olvidarlas tan rápido como las olas borran las huellas de la arena (al menos por un momento).

Un ruido rasgado salía de la bocina que estaba enfrente de mí, pero ni el barman ni la mesera parecían notarlo; les era tan indiferente como lo era mi persona.  La sosa y desabrida melodía pop que emanaba del equipo de sonido, adornada con insípidos toques electrónicos, me indicaba que al parecer esa sofocante tarde no sería amenizada por la música, el nirvana de mi vida.  Vi el reloj con el mismo recelo con el que él me veía a mí, y los dos, tácitamente, acordamos no molestarnos más, al menos no por lo que quedaba de la tarde.  Saqué un cigarro, y dentro de la cajetilla no estaba el encendedor.  Busqué en el pantalón, y no estaba.  Volví a buscar pero en esta ocasión con la misma diligencia con la que un policía cachearía a un ladrón, y nada, no apareció.  No sabía si mis ganas de fumar eran tantas como para llamar a la camarera y pedirle fuego.  Tras un breve debate interno, el vicio ganó, como siempre lo hacen todos.  

Me apresuré a tomar de un solo trago la cerveza, para de una vez pedir otra y al mismo tiempo pedirle encendedor y no tener que lidiar con ella más de lo necesario.  Nunca he sabido cómo llamar a las meseras mujeres; en cualquier cantina puedes llamar al mesero gritando "¡joven!", aunque tenga 65 años, lo que demuestra que el idioma sigue estando atrás de las necesidades humanas, por más mundanas y básicas que éstas sean, ya que las palabras jamás terminarán de explicar la plácida sensación de comer, defecar y fornicar. "¡Amiga!" tímidamente salió de mi boca.  Ella, concentrada nuevamente en el móvil, no respondía.  "¡Amiga!" grite más fuerte, lo que la hizo voltear y echarme la misma mirada que me echaba mi madre cuando rompía algo de la casa, que es la misma que te echan todas las mujeres cuando descubren que les has roto el corazón.  Con el cigarro en la boca, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que requieres fuego, y la seña que internacionalmente indica que quieres que te sirvan otro trago igual al que estás tomando.  Al parecer, o hice mal las señas que tan practicadas tengo, o la morenaza no era nada internacional, o simplemente estaba enojada y quería desquitarse conmigo, pero el caso es que con pasitos cortos y rápidos se acercó a mi mesa, fingió una sonrisa y me preguntó con ese tonito, ese que a todos nos molesta: "¿qué se te ofrece?". "Que si me prestas tu mechero y me traes otra cerveza igual, pero sin vaso, en la botella", respondí determinado a no dejar que siguiera pisoteando mis escuetos e ilusorios derechos de consumidor.  

Sacó de una de las bolsas de su mandil el encendedor, prendió mi cigarro, caminó hacia la calle, sacó de otra bolsa de su mandil un cigarro, lo prendió, de otra sacó el móvil, comenzó a escribir a toda prisa en él, y se olvidó por completo de mi cerveza.

Haberme tomado de un solo trago casi toda la cerveza comenzó a surtir su característico efecto: sentí cómo mis abultadas mejillas se sonrojaban, cómo mis orejas se calentaban y cómo disminuía un sensible porcentaje de capacidad de movimiento de mi lengua.  Otros efectos que particularmente me suceden a mí, son el envalentonamiento y la bravuconería, que si los juntamos con el terrible calor y con las legítimas ganas que tenía de tomarme sin vaso mi próxima cerveza, me llevaron a gritar, con ese tonito que tanto les molesta: "¡Amiga, mi cerveza por favor!".

Por presión de mi anterior mujer, tuve que decirle a mi anterior-anterior mujer que tenía una nueva de la cual estaba enamorado.  Nunca supe ni por qué se lo dije, ni por qué le dije lo que le dije, pero seguro cuando David vio a Goliat no tuvo tanto miedo como yo cuando terminé de decirlo.  Mi grito, en esta ocasión, debió ser tan osado que hasta el barman volteó a verme con expresión de misericordia, con la mirada con la se ve a un cachorro a media avenida, y de inmediato sentí el mismo desasosiego que la vez en que le expresé los sentimientos de mi anterior mujer a mi anterior-anterior mujer.  Con la solidaridad que en momentos de peligro nos profesamos los congéneres masculinos, presto a salvarme, gritó el barman "¡Yo se la llevo!" y volteó a ver a la mesonera buscando su aprobación.  Un instante después ella ya había regresado la mirada a su celular, al tiempo que regresó la calma al bar.

El cantinero fue hacia el refrigerador, sacó una rubia, la destapó, la sirvió en un vaso y se encaminó hacia mi mesa junto con lo que parecía ser un tazoncito de cacahuates. Cuando venía a medio camino entre la barra y mi mesa, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que requieres la cuenta, y verbalmente le pedí mi tarjeta de crédito.  Hice que se regresara.  Volvió hacia la barra, dejó en ella los cacahuates y la cerveza; se estiró y tomo de atrás mi tarjeta y encaminándose hacia mí, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que de verdad quería mi cerveza, aunque fuera clara y en vaso, y lo hice que se regresara nuevamente.  Antes de que llegara, le pregunté que de cuánto era la cuenta, y de inmediato me respondió que ochenta pesos.  Medio de mala leche dejó la cerveza y la tarjeta sobre la mesa, al tiempo en que yo sacaba la cartera y cien pesos de ella.  Los puse sobre la mesa, tomé la tarjeta, la guardé, tomé la cerveza, sentí qué tan fría estaba y de un trago me la tomé.  Me paré y me fui sin decir palabra, maldiciendo para mis adentros la hora en la que encontré ese maldito bar, dándome cuenta de que ni tiempo me dio de pensar en mi madre y mis mujeres, las presentes, las pasadas, las futuras y las que nunca lo serán.

jueves, 9 de junio de 2011

Juegos

Te escondes detrás del árbol, como niña jugando a las escondidillas. Asomas la cabeza, discretamente, pretendiendo que yo siga tu juego, esbozando esa sonrisa que desde que eras niña no volvías a esbozar.  No quieres que te vea, pero quieres que te busque, pero quieres que te encuentre.  Camino dos pasos atrás, indiferente a tus niñerías, y tropiezo con mi pasado, ése pasado que está arrumbado junto a otros cacharros viejos y que nunca me ha sido de utilidad.  Me lastimo con el pasado oxidado y me preocupa que se gangrene mi alma. No sé qué hacer. No sé si debo buscarte para que me cures. Pero más importante aun, no sé si querrás curarme o sí sólo querrás jugar a las escondidillas conmigo.

¿Pedir u ofrecer?

Durante años "pedí" disculpas.  Pedí disculpas por esto y pedí disculpas por aquello.  Un buen día, más o menos cuando tenía 18 años, mi querido y entrañable amigo Ch me dijo algo así como "las disculpas no las pides, las ofreces" y me explico que si yo estuviera pidiendo una disculpa era tanto como exigir al ofendido que él me solicitar que yo lo perdonara a él, así que dejé de "pedirlas" y comencé a "ofrecerlas".

Hace un momento publiqué una entrada que intitulé "Disculpa" y en ella les "pedí" que me disculparan por no haber escrito el lunes y por no escribir hoy.  Debo decir que la disculpa la "pedí" y no la "ofrecí" como me indicó Ch hace años, por que justo ahora, tanto tiempo después, me nació la duda sobre si Ch tenía o no razón, así que decidí consultar la página web de la Real Academia Española (una de mis páginas favoritas, debo confesar) y me enteré que Ch estaba mal y que yo durante años y años me lo creí e incurrí también en el error.

Esto dice la R.A.E. al respecto:


"disculpa.
(De dis-1 y culpa).


1. f. Razón que se da o causa que se alega para excusar o purgar una culpa.

pedir ~s.

1. loc. verb. disculparse (‖ pedir indulgencia).



Real Academia Española © Todos los derechos reservados"


Como ven, oficialmente la expresión que se utiliza con el vocablo "disculpa", es "pedir" y no "ofrecer".

Dicho lo anterior, sólo me basta pedir de manera retroactiva una disculpa a todos aquellos a los que, durante tanto tiempo, sólo les ofrecí una.

Disculpa

Sé bien que prometí aburrirlos con mis historias cada lunes y jueves, y ni el lunes escribí ni hoy pienso hacerlo, así que por ello les pido una disculpa.

miércoles, 1 de junio de 2011

Aclaración

Ayer en la noche recibí por Twitter un mensaje directo que literalmente decía: "te la estás mamando" (bueno, sin el acento).  El remitente, un viejo amigo de la Facultad, a su vez recibió de mí la siguiente respuesta lógica: "¿pooooor?" (así, con cinco "o").  Debido a que mi amigo no suele escribirme mucho, y en virtud de que siempre lo consideré un tipo serio, su categórica afirmación me alarmó.  Además, como en ninguna de las facetas de mi vida tengo el orden y el control que me gustaría, y dado que en todos los frentes de mi existencia tiendo recurrentemente a hacer pendejadas, juro que de verdad no tenía ni la más mínima idea sobre a qué se refería mi amigo.

Pasaron largos minutos, y él no me respondía.  Cuando alguien como él te hace una afirmación de este tipo, tú no sabes si: a) debes tramitar un amparo; b) debes llevarle flores a tu mujer; c) debes esconderte y pedir a la recepción que si te vienen a buscar, que digan que no estás; y/o d) irte del país.

Así, sin ser tan dramático como ocurre en las películas, hice rápidamente examen de conciencia tratando de hilar varias cosas: primero, cuándo fue la última vez que hablé con mi amigo (para fijar el periodo en el que cometí la estupidez que se me estaba recriminando, induciendo que si la hubiera cometido antes de esa vez, en esa vez me lo hubiera dicho); segundo, qué relaciones laborales, sociales, amistosas y/o de cualquier otra índole nos unen actualmente a mi amigo y a mí (para tratar de esclarecer el ámbito en el que la cagué de modo tal que él supiera que me la estaba mamando).

Mi examen de conciencia sirvió para una chingada, por que no logré descifrar en qué me la estaba mamando.  Además, en ese momento había otros factores a mi alrededor que me impedían concentrarme por completo en tan compleja empresa: estaba viendo el concierto de Roger Waters en Berlín en 1990, mi mujer justo iba llegando y me comenzó a hablar rapidísimo sobre no-sé-qué y a una de mis mejores amigas le dieron una muy mala noticia.

Exactamente 37 minutos después (según Twitter), mi amigo por fin respondió: "por tu blog, te van a divorciar".  Sólo pude responder: "Gracias".

No obstante que considero que no tengo que dar ningún tipo de explicación a nadie, y ese nadie incluye tanto a mi buen y querido amigo C como también a mi mujer (quien afortunadamente no lee ni este blog ni mis tweets, pero "por si las flys"), tan sólo quiero aclarar que las entradas que hasta ahora he escrito, son una mezcla de ficción con circunstancias de modo, tiempo y/o lugar que existen en la realidad, sobre situaciones que me han sucedido a mí o a gente que conozco, y las escribo en primera persona del singular con un toque de realismo por la simple y sencilla razón de que así me sale de los huevos, por que creo en la libertad literaria y por que aunque sea una mierda lo que escribo, me da la gana escribirlo así.

Quiero ofrecer a mi amigo C una disculpa por el tono agresivo de mi respuesta, y éste si lo quiero justificar en el hecho de que no es la primera vez que me pasa algo similar.  Cuando escribía en mi blog de myspace llegué a tener un problema marital por un tercero que se involucró en mi blog y se lo creyó.  Con Twitter ya me ocurrió también algo parecido con una amiga de mi mujer.  Y bueno, pues uno se encabrona.

Sin más por el momento, quedo a sus apreciables órdenes para cualquier duda o aclaración.