En
mi casa no aprendí religión. Mi
padre siempre ha creído en Dios, pero no en la Iglesia; y mi madre sí creía en
Jesucristo, la Virgen y todos los santos, pero no era muy devota que digamos. Creo que el único recuerdo que tengo
sobre mi vida espiritual en la familia, es el de mi madre, acostada junto a mí
en mi cama, haciéndome cosquillas en la espalda para que me duerma, y rezando
conmigo el famoso “Angelito de mi guarda,
mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. Tan poco devota y practicante era mi
madre, que incluso se me hizo muy raro que mi tía Grazia, q.e.p.d., le hubiera
mandado a oficiar una misa en San Asensio el día que esparcimos sus cenizas en
Villarica.
A
pesar de que fui al catecismo e hice mi primera comunión como a los 7 años, mi
primer verdadero acercamiento a la religión fue en la difícil etapa en la que
dejé de ser un infante y comencé a ser un niño, tal vez como a los 8 ó 9 años,
y fue gracias al cura de la escuela, que era jesuita y sabía muchísimo de todo. Me encantaba confesarme con él; era
rígido pero comprensivo. Y las
confesiones, que se llevaban a cabo no en un claustrofóbico confesionario, sino
mientras acompañabas al cura a caminar por el pasillo del último piso de la
escuela, y eran verdaderas charlas de amigos. En sexto año, cuando tenía 10 u 11, fui por voluntad propia
miembro del Club Amigos de Jesús, que era el grupo de catecismo
lasallista. De hecho, me interesé
tanto en el grupo, que lo llegué a dirigir –aclarando que tan digno cargo sólo
consistía en pasar lista de los miembros, sellar sus credenciales, escribir en
una cartulina algún pasaje de la Biblia y pegarla, y tener las llaves de la
capilla para llegar una hora antes que todos a abrirla.
Los
siguientes tres años de mi vida fueron decisivos en lo que hasta ahora fue mi
vida espiritual; estuvieron marcados por los continuos internamientos
hospitalarios de mis padres, por la crisis económica del ‘94 y por mi
acercamiento a Nietzsche. En el
’95 conocí a Paty, mi primer novia, y ella pertenecía al Movimiento Teresiano
de Apostolado, al cual entré más por el bien de mis hormonas que por el bien de
mi alma. Cuando en el ’97 Paty y
yo terminamos, de la noche a la mañana –y sin recordar con exactitud si algún
evento en específico lo provocó, me convertí al ateísmo o al agnosticismo.
Hoy
tengo 33 años de edad, y estoy cansado de llevar dieciséis diciendo “no creo en nada”. Creo que ya sé qué creo y qué no creo.
El
Universo, tan infinito. Miles de
millones de galaxias, estrellas, planetas y etcéteras. Siempre le he dedicado mucho tiempo de
mis pensamientos al misterio del Infinito. Se me hace tan difícil de comprender... ¿¡Cómo es posible que
nunca, nunca, nunca se acabe; que siga, siga y siga, como Energizer? La Teoría del Big Bang me parece bastante
cuerda. La idea de una partícula primigenia, un repentino cambio en su
temperatura, su explosión y su constante expansión en el espacio y el tiempo,
me parece francamente fabulosa.
Sin
embargo, ¿Qué o quién creó el espacio infinito sobre el que se expande el
Universo? ¿Qué o quién creó esa partícula primigenia? ¿Quién creó la energía
calorífica que la hizo explotar y expandirse hasta convertirse en el Universo?
¿Qué o quién creó el Tiempo que existió antes y después de esa gran explosión? Yo no fui, tú no fuiste, y Jesucristo,
Mahoma o Buda tampoco.
Creo
en que algo o alguien fue el responsable de la creación del espacio infinito,
de la materia, de la energía y del tiempo. Reitero que no sé si es algo o alguien, pero para fines
prácticos y lingüísticos aquí bautizaré a ese algo o alguien como “Dios”.
¿Por
qué o para qué Dios quiso crear Todo?
Ni idea, pero me rehúso a adoptar la postura antropocéntrica católica –y
de algunas religiones más, supongo-, de que Dios quiso crear Todo “porque nos ama”. Se me haría bastante estúpido de Su
parte crear Todo sólo “porque nos ama”,
porque sería tanto como afirmar que los demás mundos carecen de vida, y que si
la tienen y cometen algún Pecado Original, ya se chingaron para toda la
Eternidad, porque el Hijo Único de Dios vino al Planeta Tierra y murió
aquí crucificado a manos de los humanos por los pecados de los propios humanos,
“porque los ama”.
Dios,
desde esta postura antropocéntrica, como el Algo o el Alguien que tan sólo es responsable
de la creación de Todo, se me presenta como alguien externo a Todo; es decir,
Dios creó Todo y lo vigila desde afuera, y no tiene materia, espacio, energía o
tiempo. Esto último no me hace
sentido y no creo en ello, porque me da la impresión de que ése es un Dios
antropomorfo, caucásico, longevo, barbón, que juzga y castiga; que creó Todo
como su juguete.
Pero,
si Todo se creó solo, es decir si la materia se creó a sí misma, el espacio se
creó a sí mismo, la energía se creó a sí misma y el tiempo se creó a sí mismo,
entonces, Todo es Dios. Yo soy
parte de Dios, tú eres parte de Dios, Carlos Salinas de Gortari es parte de
Dios, Jack El Destripador es parte de Dios, y también lo son Hitler, Mussolini,
Napoleón, la Bomba Atómica, mi gato, Nietzsche, Plácido Domingo, la peste bubónica
y el Amor. Creo en este Dios, en
este Dios que se creó a sí mismo para ser Todo.
Finalmente,
puedo afirmar que no es que yo sea ateo o agnóstico, simplemente no creo en el
Dios externo, sino en el Dios Todo.
¿Esto
qué nos deja a nosotros? No sé. Desde luego existe algo superior a
nosotros, pero tal vez nosotros mismos seamos parte de eso superior. Y desde aquí puedo afirmar que para mí
cobran sentido todas las enseñanzas de amor de todas las religiones, ya que si
nosotros mismos nos sabemos y nos reconocemos como inferiores al Todo por el
simple hecho de no haber sido responsables de su creación (pues no participamos
en la creación de la materia, el espacio, la energía y el tiempo), también
debemos reconocernos como superiores a nosotros mismos porque somos parte de
ese Todo creado desde siempre o desde nunca; y al todos parte del Todo,
superior a nosotros, compartimos la misma naturaleza que nuestros semejantes y
no semejantes (como los animales, las plantas, el mar…), por lo que hay que
amarlos.