"¡Maldita sea la hora en la que se me ocurrió poner este maldito escape eslovaco!", pensé en lo que descifraba cómo pasar frente a su departamento sin que oyera el ronco rugido de mi motocicleta. Rápidamente volví en razón y descarté la idea de que
ella identificara tan singular sonido. Hasta una pequeña sonrisa esbocé, pensando que si con dificultad me identifica a mí, con mucho mayor razón no identificaría los relinchos de mi yegua. Aun así, al ponerse la luz verde decidí acelerar lo suficiente como para llegar de un sólo impulso hasta su casa y poner neutral unos metros antes y así, evitar cualquier posibilidad de que supiera que estaba ahí.
Horas antes, frente a la computadora, el teclado se negaba a escribir la desabrida demanda que tenía que preparar, y se empeñaba tan sólo en escribir las letras que componen su nombre... la pantalla jugaba a hacer palíndromos y acrósticos con su nombre, lo subrayaba y lo ponía en cursivas, y en alguna ocasión, hasta le puso apellido de casada y el nombre y el apellido de nuestros hijos. Era fin de semana y no sería fácil encontrar un pretexto medianamente decente para verla. La demanda podía esperar, mis ansias no. Tomé el casco, la chamarra, y sintiéndome parte de un urbano western monté mi caballo y galopé hacia su finca, sin ni siquiera saber si ella estaría ahí o no.
Pasé una primera vez, procurando ser muy cauteloso y tratando de ver si había luz dentro del departamento. Era media tarde y el Sol, resplandeciente espectador, no escatimaba en lo absoluto en repartir sus poderosos rayos a diestra y siniestra, y en esparcir las cenizas de los colores sepias que identifican la ausencia de lluvias. Ninguna luz en toda la Ciudad, y tal vez en el país entero, estaba prendida. La puerta del balcón semi-abierta tampoco era un fiable indicador de si ella estaba o no, pues los más de treinta grados centígrados que incendiaban el pavimento orillaban a todo propietario de cualquier tipo de ventana o puerta a dejarla abierta con la esperanza de la llegada de una brisa que no se haría presente.
Estacioné la moto sobre la banqueta, una calle adelante de su edificio. Me apeé y comencé a caminar a paso franco y confiado hacia mi destino; mi mente estaba clara y concentrada, y en mi cabeza sólo se encontraban su imagen y su aroma, y eran tan reales que casi podía masticarlos. Unos pasos antes de llegar, recordé que no tenía guardado bajo la manga ningún pretexto que justificara mi repentina e inadvertida aparición, y tan rápido como me envalentoné, me acobardé. No sé si era por el calor o por lo nervios, pero fue hasta ese preciso instante en que comencé a sentir el sudor recorriendo mi frente, purificando mi mente. "Con este calor no puedo pensar", me dije, y me dirigí al minisúper que se encuentra en la esquina, para comprar un agua mineral -hace años, más de quince para ser preciso, en la esquina de casa de Paty había una tienda de abarrotes, normal, como las de antes, y el bigotón que la atendía ya me conocía, aunque me despachara como si nunca me hubiera visto; hoy, la proliferación de oxxos, seven/eleven y similares, con sus múltiples e inestables empleados, ha abierto más la brecha existente entre lo personal y lo impersonal: jamás se prestarán a ser tus cómplices en ninguna empresa romántica, por ejemplo-.
Tomé hasta la última gota de agua mineral creyendo que saciaría por completo mi sed, pero no fue así, por que el malestar que sentía no era sólo físico y sólo se remediaría si ella y yo cantáramos al unísono un himno nunca antes cantado ni jamás oído, compuesto desde siempre exclusivamente para nosotros. La desértica Ciudad, su pasmosa estática y su calor infernal freían mi cerebro, y me impedían juntar las piezas de lo que yo quería que fuera el plan más audaz de todos los tiempos. Me encaminé nuevamente hacia su edificio, caminando por la banqueta contraria, todavía sin un plan. Me desparramé sobre la banqueta recargándome contra la pared, a la sombra de una gran palmera. ¿Qué pasa si simplemente llego y toco el timbre? "-¿Quién?", preguntaría, "-¡Yo, el amor de tu vida!", respondería. Tarde o temprano sabría cuán enamorado estoy de ella, ¿por qué no de una vez?
Resuelto, me levanté, crucé la calle, me paré en su portal, y toqué el timbre una vez, tímidamente, apenas haciendo contacto; no sé cuánto pasó, y volví a tocar, en esta segunda ocasión fue un toque más prolongado. Nadie respondió. Corrí hacia mi moto, recordé de inmediato cuando era niño y jugaba precisamente a eso: tocar timbres y correr. Llegué a la moto, maldije mi suerte pero sobre todo mi cobardía, mientras me ponía el casco y los guantes. Arranqué. Pasé nuevamente frente a su departamento y noté que la puerta del balcón estaba cerrada. Tal vez fue una ráfaga de viento que no noté y la cerró, tal vez no di tiempo suficiente a que atendiera el interfono y tal vez ella se asomó y me vio correr, nunca lo sabré.