lunes, 30 de mayo de 2011

Búsqueda


Ella estaba tumbada en la cama, desnuda y toda sudada, con la cabeza hacia atrás, colgando, y con su negro cabello rozando apenas el suelo.  Fumaba y lanzaba bocanadas de humo en forma circular... se notaba que había disfrutado el encuentro, incluso más que yo.

Fue entonces cuando me preguntó mi nombre, dónde vivía, a qué me dedicaba, cuántos años tenía, y toda esa serie de estupideces que no me daba la gana contestar.  De haber querido dar detalles de mi vida, no la habría buscado en esa solitaria esquina.

Sin dar respuesta alguna, me vestí, apagué mi cigarro, puse el dinero bajo el cenicero y salí.  Alcancé a oír que me pidió que la esperara.  No le di importancia y bajé por las escaleras, dejé la llave en el "lobby" de ese sucio motel y salí para tomar un taxi.

El libre me llevó, como se lo pedí, al mercado de las flores de San Ángel, donde me bajé y fui interceptado por múltiples vendedores que imploraban porque su puesto fuera el seleccionado.  Me metí al primero que tuve enfrente, compré tulipanes blancos (tus preferidos) y tomé otro taxi.

Éste me llevó al panteón que está en Cuauhtémoc y Churubusco, y me dejó a un lado de la entrada, en medio de la nada, donde la calle estaba más oscura.  Arrojé mi saco cuidando que quedara sobre las púas, aventé los tulipanes al otro lado y como pude, torpemente, salté la barda.

Te busqué entre las tumbas, con los tulipanes medio rotos en la mano.  Recorrí el cementerio tratando de encontrarte, atravesando entre recuerdos propios y ajenos, entre aquellos que alguna vez fueron buscados por otros, entre olvidados, entre algunos que no descansan en paz y entre otros que no les interesa seguir presentes en la conciencia de sus deudos.

No te encontré.  Dormí a lado de alguna a la que otro debió haber amado tanto como te amo a ti.  Dos veces hoy te busqué y en ninguna tuve suerte, la primera mujer con la que estuve no eras tú pues no me reconociste cuando te hice el amor, y la segunda, no me agradeció que pasara la noche a su lado.

Túneles

"¡Maldita sea la hora en la que se me ocurrió poner este maldito escape eslovaco!", pensé en lo que descifraba cómo pasar frente a su departamento sin que oyera el ronco rugido de mi motocicleta.  Rápidamente volví en razón y descarté la idea de que ella identificara tan singular sonido.  Hasta una pequeña sonrisa esbocé, pensando que si con dificultad me identifica a mí, con mucho mayor razón no identificaría los relinchos de mi yegua.  Aun así, al ponerse la luz verde decidí acelerar lo suficiente como para llegar de un sólo impulso hasta su casa y poner neutral unos metros antes y así, evitar cualquier posibilidad de que supiera que estaba ahí.

Horas antes, frente a la computadora, el teclado se negaba a escribir la desabrida demanda que tenía que preparar, y se empeñaba tan sólo en escribir las letras que componen su nombre... la pantalla jugaba a hacer palíndromos y acrósticos con su nombre, lo subrayaba y lo ponía en cursivas, y en alguna ocasión, hasta le puso apellido de casada y el nombre y el apellido de nuestros hijos.  Era fin de semana y no sería fácil encontrar un pretexto medianamente decente para verla.  La demanda podía esperar, mis ansias no. Tomé el casco, la chamarra, y sintiéndome parte de un urbano western monté mi caballo y galopé hacia su finca, sin ni siquiera saber si ella estaría ahí o no.

Pasé una primera vez, procurando ser muy cauteloso y tratando de ver si había luz dentro del departamento.  Era media tarde y el Sol, resplandeciente espectador, no escatimaba en lo absoluto en repartir sus poderosos rayos a diestra y siniestra,  y en esparcir las cenizas de los colores sepias que identifican la ausencia de lluvias.   Ninguna luz en toda la Ciudad, y tal vez en el país entero, estaba prendida.  La puerta del balcón semi-abierta tampoco era un fiable indicador de si ella estaba o no, pues los más de treinta grados centígrados que incendiaban el pavimento orillaban a todo propietario de cualquier tipo de ventana o puerta a dejarla abierta con la esperanza de la llegada de una brisa que no se haría presente.

Estacioné la moto sobre la banqueta, una calle adelante de su edificio.  Me apeé y comencé a caminar a paso franco y confiado hacia mi destino; mi mente estaba clara y concentrada, y en mi cabeza sólo se encontraban su imagen y su aroma, y eran tan reales que casi podía masticarlos.  Unos pasos antes de llegar, recordé que no tenía guardado bajo la manga ningún pretexto que justificara mi repentina e inadvertida aparición, y tan rápido como me envalentoné, me acobardé.  No sé si era por el calor o por lo nervios, pero fue hasta ese preciso instante en que comencé a sentir el sudor recorriendo mi frente, purificando mi mente.  "Con este calor no puedo pensar", me dije, y me dirigí al minisúper que se encuentra en la esquina, para comprar un agua mineral -hace años, más de quince para ser preciso, en la esquina de casa de Paty había una tienda de abarrotes, normal, como las de antes, y el bigotón que la atendía ya me conocía, aunque me despachara como si nunca me hubiera visto; hoy, la proliferación de oxxos, seven/eleven y similares, con sus múltiples e inestables empleados, ha abierto más la brecha existente entre lo personal y lo impersonal: jamás se prestarán a ser tus cómplices en ninguna empresa romántica, por ejemplo-.

Tomé hasta la última gota de agua mineral creyendo que saciaría por completo mi sed, pero no fue así, por que el malestar que sentía no era sólo físico y sólo se remediaría si ella y yo cantáramos al unísono un himno nunca antes cantado ni jamás oído, compuesto desde siempre exclusivamente para nosotros.   La desértica Ciudad, su pasmosa estática y su calor infernal freían mi cerebro, y me impedían juntar las piezas de lo que yo quería que fuera el plan más audaz de todos los tiempos.   Me encaminé nuevamente hacia su edificio, caminando por la banqueta contraria, todavía sin un plan. Me desparramé sobre la banqueta recargándome contra la pared, a la sombra de una gran palmera.  ¿Qué pasa si simplemente llego y toco el timbre? "-¿Quién?", preguntaría, "-¡Yo, el amor de tu vida!", respondería.  Tarde o temprano sabría cuán enamorado estoy de ella, ¿por qué no de una vez?

Resuelto, me levanté, crucé la calle, me paré en su portal, y toqué el timbre una vez, tímidamente, apenas haciendo contacto; no sé cuánto pasó, y volví a tocar, en esta segunda ocasión fue un toque más prolongado. Nadie respondió. Corrí hacia mi moto, recordé de inmediato cuando era niño y jugaba precisamente a eso: tocar timbres y correr.  Llegué a la moto, maldije mi suerte pero sobre todo mi cobardía, mientras me ponía el casco y los guantes.  Arranqué.  Pasé nuevamente frente a su departamento y noté que la puerta del balcón estaba cerrada.  Tal vez fue una ráfaga de viento que no noté y la cerró, tal vez no di tiempo suficiente a que atendiera el interfono y tal vez ella se asomó y me vio correr, nunca lo sabré.

viernes, 27 de mayo de 2011

Breve aclaración sobre el fondo de pantalla

En el fondo de la pantalla, como verán, se encuentran tres mujeres casi representando una divina trinidad. Tienen pinta de prostitutas y parecen golpeadas, sucias, acabadas; pretenden, etéreas, ser una imagen sobre una lámina oxidada, que en realidad es un vagón de tren.  La obra intitulada "Las Hechiceras", de Rafael Cauduro (sugiero entrar a la página www.cauduro.com), tiene un gran significado para mí, pues evoca tiempos mejores.

Por ahí de los 15 o 16 fui a Bellas Artes por casualidad, y tuve la fortuna de conocer la obra de Cauduro, que estaba como exposición temporal.  Me impresionó. Me impresionó tanto que me compré un póster, y ese póster fue precisamente el de Las Hechiceras, y lo colgué en la puerta central de mi clóset, y ahí estuvo desde ése día y hasta el día que tuve que desocupar y entregar la casa de mis padres, en General Cano.  Si algún lector me conoce desde entonces, seguro lo recordará, y seguro recordará, como yo en este preciso instante, a Paty.

General Cano, Paty, Papá, Mamá, recuerdos de una vida que, si no fue mejor, por lo menos sí fue más divertida.

Llagas

Sé bien que, de proponérmelo, puedo hacer llaga de la herida.  Sé bien que puedo lastimarla en el mismo lugar en el que otras tantas veces otros tantos hombres la han dañado, y que ese corazón roto jamás se curaría, de proponérmelo. Y sé que, por lo mucho que la quiero, no debería hacerlo, pero que aun así lo haré. Me lo propongo desde este instante. La lastimaré, por que soy un sádico; un sádico que con innecesaria crueldad sacia sus más perversas necesidades transformando en carroña los sentimientos de los demás. Me pondré la misma máscara que nunca me he quitado, y me haré pasar por el hombre bueno y decente que los demás creen que soy -tengo el papel perfectamente bien estudiado-. Y así avanzaré lenta e hipócritamente hacia el enfermo fin al que seguro llegaré. No puedo ni quiero negar mi naturaleza predadora.  Habrá daños colaterales, ¡muchos!, pero no me importan por que ni siquiera los asumiré: evadiré cualquier responsabilidad a toda costa.  Solo, y sólo quebrantando tantos espíritus, seré lo que creo es ser feliz.

jueves, 26 de mayo de 2011

Nueva tecnología

Qué triste es que se "previsualice" un mensaje de texto en tu Smart Phone que dice: "besos", y que al abrirlo te das cuenta de que no es ella quien te lo envió.

Supongo que los sociólogos y todos aquellos profesionales que estudian las relaciones humanas deben tener actualmente mucho trabajo; debe ser complejísimo tratar de entender, y mucho más aún pretender explicar, cómo se entrelaza hoy día la gente, cómo se utilizan las nuevas tecnologías para ello.

E-mails, Facebook, Twitter, Whatsapp, Messenger, etc., etc., etc., reuniendo antiguos amigos, provocando peleas de parejas, acercando madres e hijos, y en el mayor número de casos, ayudando a los solitarios a encontrar con quién pasar la noche.

Mi "despertar a la sexualidad" fue casi simultáneo a la llegada del "bipper", y recuerdo como si hubiera sido ayer el ansia que me provocaba que Paty me dijera que me iba a escribir y que no lo hiciera.  Esperar horas frente al "bipper", revisarlo y una y otra vez "por si no tenía señal", o por si había llegado el mensaje y no había escuchado la campanita. Era una tortura tecnológica.

Y actualmente sucede lo mismo... reviso Mis Llamadas Perdidas, los mensajes de texto, Twitter y Whatsapp esperándola a ella, aunque sé que no tiene nada que decirme.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Al principio.

Eso sí, siempre me gustó. No estoy seguro de tener algún testigo de ello, es decir, no sé si desde el primer momento en que la vi le dije a alguien: "¡mírala, me gusta!", pero aunque haya pasado tanto tiempo sé que siempre me gustó. Obviamente no me enamoré de ella desde un inicio, ni desde un inicio la quise tanto como la quiero ahora. Tampoco estoy seguro de qué es lo que primero me gustó de ella, aunque eso no importa para nada en lo absoluto.

Lo que sí recuerdo es verla reír a carcajadas en medio de una explanada lúgubre repleta de estudiantes preocupados por una calificación, por algún encargo de su incipiente trabajo o por la política nacional. Teníamos muchos amigos en común, y aunque estoy seguro que ella difícilmente sabía sobre mi existencia, en las reuniones en la que se hablaba de ella yo nunca perdía detalle sobre las historias en las que estaba involucrada, y eso que eran muchas: que trabajaba en tal sitio con fulano, que se había ido de viaje a no sé dónde con sultano, que fue al fut con mengano y a tal concierto con perengano, y que de todos estaba enamorada.

Y debo confesar que aunque ella aún se encuentra enlazada de una forma u otra a diversos fulanos, sultanos, merenganos y perenganos, ello, lejos de causarme conflicto y volverme loco de celos, la vuelve aún mucho más atractiva para mí, y esto es así porque una de las cosas por las que me enamoré de ella es por la arrebatada, desequilibrada e irracional pasión que siente por ellos, y por la vida en general.