domingo, 17 de julio de 2011

Paréntesis

Últimamente en twitter (@jdegaray y @letratu) he publicado ciertos tweets en los que digo: "Podría escuchar todo el día The Libertins" o "Podría escuchar todo el día The Cure" o "Podría escuchar todo el día The Smiths" o "Podría escuchar todo el día Talking Heads" o "Podría escuchar todo el día "Arcade Fire", pero la verdad es que cada uno de esos tuits en realidad significan "Podría hablar todo el día sobre mi madre."

Sabado en la noche

Son las once de la noche del sábado 16 de julio de 2011, apenas casi 8 meses tras la muerte de mi madre. Estoy débil a causa de una gripa que me ha durado ya tres días y de una diarrea, muy preocupante, que lleva ya más de dos semanas mermando mi salud.  Mi mujer salió a festejar el cumpleaños de un querido amigo en común con el que en un par de semanas me largaré a Lollapalooza.

En la tarde vi Rocky I y Rocky II.  Ambas lograron crear ese incómodo nudo que se forma en la garganta y que, al menos en mi caso, suele ser una estupenda barrera entre el mundo y mis emociones; siempre que se me hace el famoso nudo en la garganta, no sé por qué, logro aguantar llorar.

Otra circunstancia más que impera en este momento, llamémosla "de modo", es que estoy dopado: acabo de tomarme dos tabcín, doble dosis de wellbutrín y doble dosis de stilnox (estos dos últimos prescritos por mi psiquiatra; el primero, por el señor boticario de la farmacia San Pablo). Y estoy escribiendo en la computadora de mi mujer, sobre la barra de la cocina, oyendo, en este preciso instante, "No cars go", de Arcade Fire.

¿Qué me inspiró escribir ahora? Varias cosas. Tras ver las películas de Rocky decidí nuevamente ver el documental "Miroir Noir" que trata sobre el "detrás de cámaras" o "cómo se grabó" Neon Bible de Arcade Fire, y tras éste, decidí oír solo, en la sala, con mi tecito de menta en la mano, a Arcade Fire.

Quiero aclarar algo -este blog parece estar hecho de puras aclaraciones- sí, estoy clavado con Arcade Fire, muy clavado, pero francamente creo que no por las razones por las que comúnmente la gente se clava con algún grupo, y creo que tampoco de la misma forma en la que los demás lo hacen.  No es que yo sea especial o distinto, pero me gustaría creer que sí lo soy.

Crecí en Narvarte, en un condominio de 140 departamentos con dos patios enormes, los cuales eran llamados por los adultos "estacionamiento" y nosotros los niños los llamábamos según el juego en curso: la cancha de fut, el campo de beis, la pista de bici, el campo de americano, etcétera, etcétera.

(si de repente me desvío, no soy yo, es el dopaje)

Bueno, mi departamento, el 201 del edificio C del número 2103 de la calle de Concepción Béistegui, tenía algo más de 110 m2, una gran estancia con enormes ventanas dirigidas hacia el poniente, por las que todas las tardes entraba un sol amarillo-naranja-rojizo que re-decoraba día tras día la parca selección de colores escogidos por mi madre para sus muebles.

Tenía tres recámaras principales. Una de ellas, la de mis padres, era la más aburrida de todas, por que nunca nada pasaba ahí, sólo la usaban para dormir.  Si me preguntan qué recuerdos tengo de esa recámara, tan sólo podría decir que estaba decorada con dos cuadros de pajaritos, que pertenecían a una colección de otros tantos plumíferos y de los cuales, alguno de ellos, fui obligado a pintar en mis clases de pintura en primero o segundo de primaria.  Otro recuerdo es cuando mi madre me decía que ya era hora de despertar a mi padre de la siesta, así que yo abría la puerta del cuarto sigilosamente tratando de no hacer ruido para acercarme lo más posible a la cama sin que mi papá se diera cuenta y, cuando fuera el momento preciso, pegar tremendo salto directo a la panza de mi papá para asustarlo.  Pobre hombre, cómo me divertía espantarlo.

El otro cuarto era llamado "el Despacho" y es en ése cuarto donde la mayoría de la vida familiar siempre transcurrió.  Mi padre atrás de su escritorio, con la pared derecha a su espalda, y mi madre frente a la pared izquierda, pegada a la máquina de escribir eléctrica olivetti (¿qué habrá sido de esa máquina?). Libreros en todas las paredes, y hartos libros en todas partes, mucho humo de cigarro, ceniceros llenos, 620 la música que llegó para quedarse de fondo en el radio de mi papá, y por más prisa que tuvieran para terminar una traducción, cada vez que yo entraba a ese cuarto, los dos volteaban a verme: mi madre para ver si me pasaba algo, y mi padre, sólo para sonreírme.

Había veces que entraba, bajo la consigna amenazadora de mi madre de que no hiciera ruido por que estaban trabajando, y mi padre me daba un diccionario y me decía, "a ver hijo, búscate en el María Moliner...", y ya que la encontraba me decía, "bueno, ahora búscala en el Martín Alonso...", y luego en la Espasa, y luego en la Británica y luego en... Seguro mi padre lo hacía nomás para entretenerme y que no estuviera dando lata, pero yo me sentía importante, sentía que participaba activamente en el proceso creativo de la traducción.  También de repente me preguntaba mi padre, "a ver hijo, ¿cómo dirías, esto, así o asá?", y yo le daba mi respuesta y siempre la tomaba en cuenta.  Luego yo le preguntaba, "Oye papá, para quién era esa traducción?" y el me respondía el nombre del cliente.  Y yo podía estar meses enteros pensando si el cliente había leído NUESTRA traducción, si le había parecido bien, e incluso fantaseaba y soñaba despierto con un señor muy elegante de traje que le decía a mi padre "Señor, su traducción fue todo un éxito, pero sobre todo estamos muy contentos por cómo dijo esto en lugar de aquello".

No muchos años más tarde, cuando mi madre comenzó con sus enfermedades, tuve participaciones mucho más activas en el negocio familiar: Hubo meses en los que, ante la ausencia de mi madre por causas de salud, fui uno de los dos o tres mecanógrafos oficiales.  Creo que esto empezó por ahí de los 12 o 13.

Me he desviado terriblemente de lo que en un inicio quería decirles: la tercer recámara, era la mía.  En ella estaba una cama de madera dura roja y grande, viejísima, del siglo XIX (que en ese entonces se me hacía horrible, y hoy la recuerdo como un mueble precioso, de los que ya no se hacen) y una cómoda de las mismas características, pero con una cubierta de marmol, que ambas habían pertenecido a la Srta. Escobedo, que creo fue la que vendió a mi papá el departamento, y si no mal recuerdo, murió en mi cama.

Tenía sobre la cómoda mi tele, a la derecha tenía un pequeño escritorio, y sobre este un póster que a la fecha conservo (enmarcado y protegido) muy sencillo: fondo negro, cuatro columnas en cinco filas de manzanas, de las cuales 19 de ellas eran verdes y una roja (la de la tercer columna segunda fila) y una leyenda en la parte superior, todo con mayúsculas y en letras rojas que decía "¡ATRÉVETE A SER DIFERENTE!".  Sobre este punto, y con el riesgo de parecer tan idiota como carlos cuauhtémoc sánchez, sólo quiero aclarar lo siguiente: Ese póster, que estuvo 13 años en mi casa en Narvarte, 10 años en mi casa en San Miguel Chapultepec, 4 años en Narvarte nuevamente, 4 años en mi casa en Coapa y uno en donde vivo ahora, en Mixcoac, ese póster, estoy seguro que o fue una maldición o una consigna de vida, por que siempre, esté donde esté, en cualquier ámbito, me siento diferente a los demás... la mayoría de las veces siento que no pertenezco y me siento discriminado, otras tantas, por el contrario, aunque siento que no pertenezco me siento casi alabado, pero el caso es que distinto, siempre.

Estúpidas drogas, me volvieron a desviar.  Bueno, les comentaba que empecé en la tarde a ver el cortometraje Miroir Noir, y luego me puse a oír el Neon Bible y ahora estoy escuchando, finalmente el Funeral.  El Funeral es un disco muy importante para mí, por varias causas.

Hace un par de años, cinco o seis, no recuerdo bien, las enfermedades de mi madre empeoraron y nuestro sistema nacional de salud no logró hacer nada por ella, así que acudimos al sistema privado de salud el cual, además de malo, casi nos dejó en la calle.

Si tú, querido lector, me conoces, ya te sabes esta parte de la historia y te parecerá de hueva, pero perdón, no me la puedo saltar. No quiero brincármela.

Iré un poco más atrás para que se enteren de cómo estuvo la cosa, para aquellos que no conocen bien la estructura de la familia de Garay Alfaroli.  Mi papá, hijo único, nació en México pero por problemas familiares se fue a vivir a España muy jovencito.  Mi mamá, nacida en Italia, hija de un militar fascista, tras la guerra tuvo que exiliarse en España y ahí creció, primero en la Rioja, cerca de un pueblito llamado San Asensio, en un lugar al que ella llamaba "Villarrica", a lado de un nogal, de un bosquecillo de chopos y de el Río Najerilla, donde mi madre nadaba.
Mi abuelo

La chopera

El Najerilla

La explicación geográfica resulta un poco importante debido a que fue precisamente sobre la chopera que mi padre y yo echamos las cenizas de mi madre.

Bueno, mi madre tuvo una medio hermana que se quedó en Italia, mi Tía Sara, un medio hermano que se quedó en Italia en (Livorno), mi Tío Roberto, y dos hermanas más chicas: mi Tía Grazia, que vive en Vitoria (Álaba) y mi Tía Carmen que vive en Barakaldo (Vizcaya).  Sólo a los hijos de mi tía Grazia les digo "primos", y sólo a ellos los quiero como tal.

Mi madre tuvo un primer matrimonio con un tal Jesús Gómez, y procrearon a la Primer Rosavi (Rosario Victoria) que murió de meningitis como a los dos años de edad), a JesusMari (mi hermano el marino que murió cuando yo tenía 8 años de edad, y al que muy poco conocí, pero sé que él me quería mucho y sé que yo lo quería mucho a él), mi hermana Rosavi (la segunda) y mi hermana Tamara.  Luego, mi madre enviudó y conoció a mi papá, y por no sé qué cosas de mi abuela paterna, ya estando embarazada de mí mi mamá, se vinieron a México, y aquí nací en 1979.  Mis dos hermanas hicieron varios intentos de vivir en México, pero nunca pudieron, no se acoplaron.  Así que yo crecí con un padre sin hermanos, con una madre con hermanos lejos, muy lejos, y con hermanas lejos muy lejos.

Todo el rollo anterior se los cuento para que puedan entender que, cuando en esta narración hablo en primera persona del plural, por "nosotros" me refiero a mi papá, mi mamá y yo y nadie más.

Total, entender a mi familia significa entender que cuanto problema se presentó, tenía que ser resuelto por tres, sólo por tres y nada más que por tres, y esos tres eran un niño-adolescente-joven-adulto, una adulta-vieja y un adulto-viejo.  Los problemas del niño-adolescente, en su egocentrista forma de ver las cosas, eran los más importantes, los más urgentes; sin embargo, los problemas de los adultos-viejos eran los reales, los de vida o muerte.

No recuerdo si fue mi padre con algún infarto o mi madre con el cáncer o con algún infarto, pero el caso es que desde los 12 o 13 años pasé gran tiempo de mi vida en hospitales, generalmente públicos.  Incluso, llegué a tener tanta experiencia en ello, que aunque yo era menor de edad, se me permitía quedarme en la noche para estar de guardia con el enfermo, mientras mi otro adulto-viejo se iba a descansar unas horas en la noche.  Llegué a tener que tomar decisiones de adulto sin la asesoría de ninguno, y sobre todo, a mi cortedad tuve que tener con el adulto-viejo-sano las discusiones sobre qué hacer con el adulto-viejo-enfermo.  Así fue como ascendí jerárquicamente dentro de la familia: logré pertenecer al Triunvirato que tenía el poder de tomar las decisiones del pueblo, lo cual implicó una dicotomía sobre las decisiones que sobre mí mismo debía tomar, así como también sobre las que mis padres tenían que tomar.

Por un lado, estaba Juan que ya formaba parte de las decisiones de salud de los otros miembros de la familia, y por otro lado estaba Juan que tenía que decidir él mismo si salir a emborracharse con sus cuates o no.  A Juan sus padres jamás le negaron un permiso ni lo castigaron, lo dejaron ser un autodidacta de la vida, pero no por que Juan no les importara, sino porque Juan, según ellos, había sido debidamente educado y era inteligente, y podía tomar cualquier decisión importante y salir avante.

Puta madre, ahora sí ya no tengo ni la más remota idea sobre qué quería escribir en un inicio.

¡Ah! ¡Sí! ¡Sobre Arcade Fire!

Bueno, resulta que tras muchas enfermedades de mi madre, mis papás deciden irse a España, donde la seguridad social pública es infinitamente mejor que la de México, por desgracia.  Se van de urgencia, porque el corazón de mi madre ya no resistiría mucho más la altura de la Capital.

Y se van, por que yo prometí que, en cuanto concluyera mi carrera y resolviera mis problemas de nacionalidad, los alcanzaría.  Esta promesa la hice sabiendo que nunca la cumpliría.  Sólo la hice por que sé que de no haberla hecho, no se hubieran ido, y mi madre hubiese muerto inmediatamente.

Bueno, pues resulta que en septiembre mis padres se marchan a España y yo los acompaño.  Si mi memoria no me falla, justo en ese entonces empecé a entrarle al iPod (yo era un enemigo acérrimo de los iPods, ¡se me hacía increíble que la gente no quisiera cargar su puto disc-man y sus CD's!, y luego, como todos, sucumbí), y también en ese entonces acababa de descubrir el Funeral de Arcade Fire.  Debo confesar que la magia que sentí cuando conocí ese álbum, no la he vuelto a sentir con ningún otro.  De inmediato, canción tras canción, sentía que habían sido escritas desde siempre y que yo las conocía desde antes de eso.  Bueno, cómo decirles que ni con el Dark Side of the Moon, el Ten o el Nevermind sentí tal eléctrica atracción.  Obsesivo compulsivo que soy, el viaje México-Madrid-Bilbao Bilbao-Madrid-México, tuvo un sólo soundtrack y ese fue Funeral.

Tras ese otoño que dejé a mis padres en Bilbao, regresé en muchas ocasiones; muchas más de las que mi esposa hubiere querido, y muchas menos de las que debí haber ido, pues yo sabía que a mi madre le quedaba muy poco de vida.

Si esto fuera una máquina de escribir y no una lap top, sobre el anterior párrafo encontraría usted, querido lector, dos gotitas de agua salada diluyendo la tinta, y esas, querido lector, fueron las dos primeras lágrimas de la noche.

Mis siguientes viajes fueron en los diciembres, en las semanas santas y en los veranos subsecuentes.  Yo iba, me decían lo mucho que me extrañaban, lo mucho que yo a ellos los extrañaba, arreglábamos cosas de la casa y me preguntaban que cuándo me iba a titular, que ya querían que me fuera a vivir con ellos.  Creo que los dos primeros años no mentí, les respondí que no estaba titulado, pero en mayo de 2008, cuando obtuve el grado de Licenciado en Derecho, aún sabiendo que ello hubiere sido una gran alegría para ellos, no se los dije.  Incluso, a mi examen profesional no estuvo nadie invitado, se llevó a cabo con la sola presencia de mis tres sínodos y su servidor.  Creí que si mis padres no podían estar ahí, nadie más lo merecía.  Esto, obviamente me trajo muchos problemas con mi esposa, y, a la fecha, cuando se acuerda, se enoja.  Mis padres me vieron crecer, me enseñaron casi todo lo que sé, me enseñaron a pensar, a buscar la verdad, a tener curiosidad de la vida, a perseguir mis metas y a lograrlas.  Ellos, mis coaches de la vida, debían ver cómo ganaba la carrera, y si ellos no estaban ahí para verlo, nadie más debía hacerlo.  Así lo pensé, bien o mal, pero así fue.

Ya me desvié nuevamente, resulta que Funeral se convirtió en una tradición en mis viajes a Europa.  Incluso, uno de mis viajes fue muy malo, pues me habló mi hermana y me dijo que mamá estaba súper mal y que me apurara para ir porque igual y no la alcanzaba, y pues ya saben, como pedo al aeropuerto y cuando llegué, todo normal, falsa alarma.  Quería matar a mi hermana.  No es lo mismo que te digan, "córrele que tu Jefa está en Xoco muy grave" a que te digan "córrele que tu jefa está en Bilbao muy grave".

Uno de los temas que nos ha unido a mi padre y a mí siempre ha sido la música.  Él siempre tratando de enseñarme de jazz y blues, y yo a él de rock.  Y los dos hemos sido buenos maestros y alumnos.

Resulta que en la Navidad de 2009, no sabía qué regalarle a mi papá, y de pronto se me ocurrió el mejor regalo del mundo: darle el Funeral de Arcade Fire.  (Debo aclarar que no fue fácil conseguirlo en Bilbao).

El señor se extrañó un poco, y mi madre también, pero los convencí de que era un excelente disco, y a mi papá hasta lo convencí de que lo oyera al mismo tiempo que leí las letras, y bueno, no sé si fue por darme gusto o si fue sincero pero me dijo: "¡Hostias, está cojonudo Juanete!"

Pues así fue, en Diciembre de 2009 di a mis padres a conocer el Funeral.  En Agosto de 2010 Arcade Fire presentó su tercer álbum "Suburbs" y en Octubre de 2010 se presentó en el Palacio de los Deportes (¿el 13?), y obviamente estuve ahí.  La próxima semana, en mi computadora, subiré a este blog algunas fotos y algunos links que quiero compartir con Ustedes.
Arcade Fire, desde atrás del escenario

Y bueno, en octubre de 2010 fui el hombre más feliz de la tierra, pues vi a Arcade Fire.

El miércoles 24 de noviembre de 2010 me habló mi madre para felicitarme por mi trigésimo primer cumpleaños, y además, para decirme que ahora que fuera (creo que tenía ya boleto para el 12 de diciembre o algo así) que por favor de Madrid a Bilbao no tomara autobús, que me fuera en tren, porque había estado cayendo mucha nieve y era peligroso.  La tiré de a loca y le dije "sí jefa, luego vemos" y ya.

El viernes 26 de noviembre de 2010, mi mejor amigo Jorge (quien radica en Madrid) me habló y me dijo que mi mamá estaba muy grave y que me fuera inmediatamente para allá, que él en ese momento salía de Madrid a Bilbao para ver qué onda.  Tomé junto con mi esposa el vuelo 1 de Aeroméxico del sábado en la noche, y llegué a Madrid al medio día del domingo.  Tomé el primer autobús que me llevaba de Madrid a Bilbao (un trayecto de 4 horas y media aproximadamente), y cada media hora hablaba con J., que me decía que me apurara, que si no no me iba a poder despedir, y bueno, ya saben, los nervios y la tristeza haciéndome mierda, mi mujer tratando de consolarme, pero eso sí, oyendo el Funeral, una y otra vez.  Llegué a Termibús de Bilbao (afuera del San Mamés) y mi cuñado y mi sobrino nos recibieron a mi mujer y a mí y nos llevaron rapidísimo al Hospital de Cruces, en Barakaldo.

A la hora que llegué a la habitación, mi madre ya llevaba más de cuatro horas muerta.  Lo que mi papá, mis hermanas y mi amigo J querían era que yo llegara a verla ahí, muerta, antes de que se la llevaran.

Parecía de plástico.  Parecía un gran muñeco de cera.  Despeinadita toda ella, con la boca abierta y con un color extraño, extrañísimo.

Me preguntaron qué quería hacer y respondí pues ya, que se la llevaran, que había que hacer trámites y todo eso.  Mi papá no paraba de llorar. Yo, en cambio, me puse a hacer cosas y a dar órdenes.  Las cosas debían estar acomodadas en el orden natural.

Hablé con mi mejor amigo Gonz y con mi mejor amigo Esteban; tuiteé que mi madre había muerto, y que por favor escucharan "my way" pero de Sid Vicious en su honor.  Sólo Loretito lo hizo. Me habló mi querida amiga Mon, mi querida amiga Toña, mi suegra. Hablé con mi Jefe y amigo Eduardo Galdós, y lloré, lloré mucho, mucho, mucho, mucho más de lo que estoy llorando ahora mientras oigo Sprawl 1 del Suburbs de Arcade Fire.

Volví a ver a Arcade Fire en Coachella 2011, con mi esposa, Mon y Loreto.  Y significó mucho para mí.  Mucho más de lo que un simple grupo de rock debería significar.  Y hace poco me tatué en la espalda la portada del Funeral, y la frase "purify the colors, purify my mind" que pertenece a la canción Neigborhood #1 (Tunnels) de ese disco.

Pero la verdad, el tatuaje que desearía ponerme es el trilladísimo corazoncito que adentro dijera "I love mom".

Comentario del 18 de julio de 2011:
La liga que voy a poner, es del concierto de Arcade Fire en Bilbao, en la explanada del Guggenheim.  Sentarme a la orilla del Nervión, en Bilbao, para admirar por horas el Guggenheim, es una de las actividades que más he disfrutado en mi vida.  Haber estado en ese concierto, hubiera sido todo para mí.

El Guggenheim en verano

El Guggenheim y mi mujer en invierno

El Guggenheim en otoño

Ready to start, Arcade Fire en Bilbao

miércoles, 29 de junio de 2011

Intensidad

Intensidad... mucha intensidad en mi vida... intensidad en el trabajo, intensidad con mi papá, intensidad con mi mujer, intensidad con mis amigos, intensidad en el desmadre, intensidad en la música, intensidad en general.  Francamente, creo que es bueno vivir con intensidad: es mejor sentir algo, aunque sea malo, que no sentir nada. Creo.

Hacía tiempo que no me sentía tan lleno de algo, aunque ese algo no lo sepa definir, y aunque ese algo no necesariamente me haga sentir bien.

Lo que sí es que debo replantearme la imagen que tengo de mí mismo: hasta ahora, siempre me creí un tipo bastante alivianado, que sólo "intenseaba" en contadas ocasiones y tan sólo al tratar determinados asuntos, pero últimamente me he sorprendido a mí mismo "intenseando" sobre todo y a todos, lo cual, indefectiblemente, aburrirá al público en general y hará que los demás se alejen de mí.  Tal vez eso es lo que quiero, tal vez en mi interior lo único que quiero es llenar la vida de los demás hasta el hartazgo, con tal de que me dejen en paz.

jueves, 23 de junio de 2011

Memorias sobre La Pitufa

(Alejandra, mi única lectora: te recomiendo que esta entrada ni la leas; trata sobre algunas de mis memorias cursis sobre mi infancia y mi adolescencia, y además, ni bien escrita está, porque fue más que otra cosa una lluvia de ideas que repentinamente se desbordó una tras otra sobre el teclado.)


Recién llegaron mis papás a México, nací, y recién nací, compraron una Caribe 1980, azul cielo, de cuatro puertas, que más tarde sería bautizada por mis amigos como “La Pitufa”.

La Pitufa estuvo en mi familia tanto tiempo, que se hizo parte de ella.

Recuerdo a mi mamá, llevándome a la escuela en la primaria.  Muchas veces íbamos con nuestra perra “La Loby” (que era una “pastor belga” negra, con la cara delgadita, gorda, gorda, gorda, gorda como bóiler, y con las patitas delgadas como palillos), por que después de dejarme, se iba con la perrita al Parque de los Venados.

¡Hay tantos recuerdos de esas dejadas en la escuela: en ocasiones cantábamos en italiano.  Una de las canciones que hasta hoy recuerdo es “Il Canto degli Arditi”, una canción que años después me enteré que era política pro-fascista, y que hoy me enteré que se llama así y que toda la vida la he cantado mal (¡gracias youtube!).

Cuando en sexto de primaria tuve que comenzar a llegar temprano a la escuela, mi madre y yo íbamos en La Pitufa oyendo La Tremenda Corte, el programa de Gutiérrez Vivó, y el programa de Ikram Antaki, que la verdad era interesantísimo. Mi mamá se emocionaba hablando de Ikram Antaki, pero se emocionaba de verdad; la admiraba muchísimo.  Siempre que había alguna plática sobre “gente inteligente”, mi mamá citaba a Antaki.

También recuerdo que casi todo un año a mi mamá le dio flojera hacer el desayuno y decretó que todos los días desayunaríamos en el Lynis (que hoy es Vips) que está en Insurgentes una cuadra después de Eugenia.  Todos los días, en el mismo lugar de la barra, con la misma mesera atendiéndonos.

Pues sí, creo que La Pitufa fue el “foro libertario” en el que mi madre y yo más llegamos a conocernos.

También recuerdo que mi papá me llevaba muy poco a la escuela, por dos razones: la primera y la más importante, porque toda su vida ha odiado levantarse antes de las diez de la mañana, y otra porque mi mamá se lo prohibió porque muchas –no exagero, muchas- veces, en lugar de ir a la escuela nos íbamos de pinta. ¡Era tan fácil convencerlo de irnos de pinta! Nos íbamos a desayunar, a caminar al Centro, a alguno que otro museo, y a veces a ningún lugar en especial, como algún parque.  Regresábamos a la casa como a las 11 o 12, y mi mamá nos ponía unas regañadas bárbaras a los dos por nuestras pintas, y guardábamos esa complicidad que años más tarde y hasta hoy día, muy a mi pesar, seguimos teniendo.

Con mi papá, los recuerdos sobre La Pitufa eran en la tarde.  Mi mamá se quedaba en la casa a hacer la comida y a mi papá le tocaba ir por mí.  Con mi papá no cantaba, en ocasiones oíamos jazz en el radio (creo que en 620, y recuerdo cómo me mencionaba nombres de Jazzistas, que si fulano tocaba con sultano, y sultano había tocado con perengano, y yo ponía cara de que sí sabía de qué estaba hablando; siempre supe darle el avión a mi papá, para complacerlo), pero la mayoría de las ocasiones platicábamos sobre la vida, sobre filosofía, y me contaba sus historias, las cuales me maravillaban antes tanto como ahora.

Todos mis días de escolar, desde la primaria hasta la universidad, mi papá nunca me preguntó cómo me fue en la escuela, ni mucho menos me increpó en ninguna ocasión por mis calificaciones, siempre fue la misma, la misma, la misma pregunta: “¿Qué aprendiste?”, y yo tenía que choreármelo con algo que me hubieran enseñado, y sobre eso platicábamos.  Mi papá sabe mucho de todo, o bueno, al menos eso siempre creí; siempre tenía algún comentario o alguna adición o algo de algo que aportar sobre lo que me habían enseñado.

La Pitufa también guardó otro importantísimo lugar en mi vida: mi adolescencia y mis primeros años de juventud.

Más o menos como a los 15, al que en ese entonces era uno de mis cuatro mejores amigos, J.R.F.N., sus papás le dieron primero un lanchón que no recuerdo qué marca era, y luego un Volkswagen Derbi verde horrible –pero nuevecito.  Y bueno, creo que a todos nos entra a esa edad la cosquillita de manejar.  Total, fue en La Pitufa en la que J.R.F.N. y mis otros otros dos mejores amigos R.C.G. y J.J.C. de la Ll., me enseñaron a manejar en La Pitu.  Luego, en la Pitu, yo enseñé a manejar a mi otro mejor amigo R.O.R., a quien sus papás le dieron un vocho azul “chiclamino” viejísimo.  En esos años de adolescencia, sólo J.R., R.O. y yo teníamos coche, lo cual nos brindó muchísimos privilegios con las damas.

P., L.P.G.C., para ser más exactos, mi primer gran amor.  La Pitufa y la Colonia Nápoles fueron testigos de los más ardientes fajes que ha habido en la historia de la humanidad.  La pasión –o urgencia- que tienes a los 16, no la vuelves a tener nunca más en la vida, creo.  Yo salía de La Salle como a la 1.30, iba rápido a la casa, recogía La Pitufa, y de ahí me iba a La Florida a recoger a P.  Trataba siempre de estacionarme frente a la puerta principal, me bajaba, le subía al radio, y con cigarro en mano y gafa oscura, esperaba a P.  Quería que todos supieran que estaba ahí, que yo era grande y tenía coche y fumaba, y que P. era mi novia.  En retrospectiva: penita ajena de mí mismo.  De la Florida nos íbamos hacia su casa, primero en la calle de Indianápolis y luego en la de Róchester.  Pero en el camino solíamos perdernos en alguna callecilla y manosearnos como Dios manda, dentro de la Pitufa, oyendo a The Cure o a los Rolling Stones o cualquier cosa que estuviera en Radioactivo o en Órbita; o oyendo “Las Flores” de Café Tacuba, que siempre fue nuestra canción.  Luego íbamos a su casa, la dejaba, y me iba a mi casa a comer.

La Pitufa también fue testigo de mi primer gran infidelidad, y de cómo mis mejores amigos se pelearon entre sí.  R.C.G. y J.J.C. de la Ll. comenzaron a andar con dos chavas del Instituto Simón Bolívar: J.C.E. y L.G.R., respectivamente, y después, mis otros dos mejores amigos J.R.F.N. y R.O.R., también respectivamente, anduvieron con ellas.  Sólo J.R.F.N. y J.C.E. se casaron y procrearon.  Pero bueno, en ese entonces, una de las mejores amigas de J. y L. era un güerita desabrida y flaquita llamada S. (no recuerdo los apellidos) y ¡zas! ¡que empiezo a andar con ella al mismo tiempo que con P.!  Así, durante más de un mes, hice unas travesías enormes en La Pitu: recogía a S. en el Instituto, la llevaba a su casa en Iztapalapa y de ahí me iba a la Nápoles a ver a P.  Al mes y medio alguien le dijo a P. y me cortó, me cortó por 2 meses, y las fechas exactas fueron del 14 de diciembre de 1995 al 14 de febrero de 1996.  No me pregunten por qué me acuerdo de las fechas.

Quiero hacer una aclaración cronológica respecto de los dos párrafos anteriores: Comencé a andar con P. el 22 de septiembre de 1995, y como dos meses después fue que empecé a ponerle el cuerno con S., hasta que P. se enteró y me cortó, como ya dije, el 14 de diciembre de 1995, y volvimos hasta el 14 de febrero de 1996.  Entre que empezamos a andar y me cortó, nunca fajé con ella en La Pitufa, pero con S. sí cuando le ponía el cuerno a P.  Los fajes de los que hablo, que ocurrieron en la Nápoles sucedieron ocho meses después de que volvimos, y fueron hasta después de que su servidor conociera las mieles del amor.  By the way, “perdí el quinto” en la alfombra de la oficina de L., el novio de A.C.G., hermana de R.C.G., en la Colonia San José Insurgentes, mientras oíamos el Wild Mood Swings de The Cure.  De ahí pa’l real, La Pitufa fue donde P. y yo echamos esos míticos fajes y en ocasiones, algo más arriesgadito.

Pero La Pitu no sólo nos vio a P. y a mí encontrarnos en el amor, vio a la mayoría de mis amigos, por que la mayoría de mis amigos la usaron en algún momento de sus primeros pasos románticos.

Recuerdo que R.C.G. y yo íbamos de noche al centro de Coyoacán, estacionábamos La Pitu en medio de los dos parquecitos, y nos metíamos a hurtadillas a los jardines a arrancar rosas para llevárselas a nuestras amadas.  En más de una ocasión tuvimos que huir de algún policía que quería desquitar el sueldo.

Ya es tarde y me esperan en mi casa, otro día los aburro con la siguiente parte de la historia de La Pitu.

lunes, 20 de junio de 2011

Cerveza


La acera quemaba, y se podía sentir su asfixiante calor desde lejos, aun sin seguir tocándola.  Fue una gran coincidencia que cuando más agotado me sentí, encontrara este bar vacío.  Eché mi cigarros a la mesa y me siento.  Mis pies colgaban de la silla, y jugueteé con ellos como cuando era niño, como si quisiera espantar al calor que se depositó en ellos.  Es extraño pero, siempre que voy a empezar a beber inmediatamente pienso en mi madre, bueno, en ella y en todas las mujeres que han pasado por mi vida; incluso también pienso en las que todavía no han sido mis mujeres, aunque tal vez sobre las que más medito es respecto de las que nunca lo serán.

Se acercó la mesera y le pedí una cerveza ("oscura por favor"), mientras trataba de adivinar qué tesoro escondía tras su escote.  Era una morena que no debía tener más de 21 años, y aunque su complexión y su rostro eran "promedio", tenía unos divinos ojos negros que guardaban un brillo seguramente reservado para otro.  

Esperé impacientemente el elixir de la cebada, mientras oía la mala música que sonaba en ese bar, al igual que en casi todos los bares del barrio.  Descuidada y con prisas, la princesa azteca regresó con mi cerveza y la comenzó a servir en vaso, sin darme tiempo siquiera a decirle cuánto odio no tomar la cerveza de la botella.  Garabateó algo en un pequeño block del cual arrancó la primera hoja con la misma premura que quien se arranca una cana, y la puso en la mesa.  "Voy a pedir más", aclaración que al parecer le cayó igual de mal que si le hubiera dicho "te voy a meter mano", y me indicó que entonces necesitaba mi tarjeta de crédito para abrirme una cuenta.  

En lo que hice los movimientos necesarios para tomar mi cartera de la bolsa trasera de mi pantalón, ella sacó de su mandil un teléfono móvil en el que parpadeaba un foco rojo, y comenzó a escribir en él a una velocidad increíble, mientras fruncía cada vez más el ceño.  Seguro el pobre incauto que estaba del otro lado de la línea también le dijo: "Voy a pedir más", por que al parecer la morena estaba tan enojada con él como conmigo.

Esperé pacientemente a que terminara de escribir, mientras sostenía entre el índice y el anular al troyano que de tantos problemas me había sacado.  No me atreví a decir una sola palabra como "ten" o "aquí está mi tarjeta", por miedo a que la próxima cerveza me la sirviera de sombrero.  42 segundos después finalizó su electrónica epístola, devolvió el móvil al mandil, tomó la nota que estaba sobre la mesa, arrancó mi tarjeta de entre mis dedos, se dio la media vuelta y se fue hacia la barra.  Curiosamente, no era la primera vez que me pasaba eso, otras se han tardado años en hacer lo que ésta hizo en dos minutos: irse enojada y llevarse lo poco que tengo.

Tomé el vaso y sentí cómo sudaba, mientras trataba de calificar qué tan fría estaba mi cerveza, y no, nunca está tan fría como yo la quiero.  Le di un pequeño trago, sentí cómo bendecía mi garganta, y en segundos olvidé a la mesera morena.  También curiosamente, no era la primera vez que eso me ocurría: el alcohol siempre me hace olvidarlas tan rápido como las olas borran las huellas de la arena (al menos por un momento).

Un ruido rasgado salía de la bocina que estaba enfrente de mí, pero ni el barman ni la mesera parecían notarlo; les era tan indiferente como lo era mi persona.  La sosa y desabrida melodía pop que emanaba del equipo de sonido, adornada con insípidos toques electrónicos, me indicaba que al parecer esa sofocante tarde no sería amenizada por la música, el nirvana de mi vida.  Vi el reloj con el mismo recelo con el que él me veía a mí, y los dos, tácitamente, acordamos no molestarnos más, al menos no por lo que quedaba de la tarde.  Saqué un cigarro, y dentro de la cajetilla no estaba el encendedor.  Busqué en el pantalón, y no estaba.  Volví a buscar pero en esta ocasión con la misma diligencia con la que un policía cachearía a un ladrón, y nada, no apareció.  No sabía si mis ganas de fumar eran tantas como para llamar a la camarera y pedirle fuego.  Tras un breve debate interno, el vicio ganó, como siempre lo hacen todos.  

Me apresuré a tomar de un solo trago la cerveza, para de una vez pedir otra y al mismo tiempo pedirle encendedor y no tener que lidiar con ella más de lo necesario.  Nunca he sabido cómo llamar a las meseras mujeres; en cualquier cantina puedes llamar al mesero gritando "¡joven!", aunque tenga 65 años, lo que demuestra que el idioma sigue estando atrás de las necesidades humanas, por más mundanas y básicas que éstas sean, ya que las palabras jamás terminarán de explicar la plácida sensación de comer, defecar y fornicar. "¡Amiga!" tímidamente salió de mi boca.  Ella, concentrada nuevamente en el móvil, no respondía.  "¡Amiga!" grite más fuerte, lo que la hizo voltear y echarme la misma mirada que me echaba mi madre cuando rompía algo de la casa, que es la misma que te echan todas las mujeres cuando descubren que les has roto el corazón.  Con el cigarro en la boca, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que requieres fuego, y la seña que internacionalmente indica que quieres que te sirvan otro trago igual al que estás tomando.  Al parecer, o hice mal las señas que tan practicadas tengo, o la morenaza no era nada internacional, o simplemente estaba enojada y quería desquitarse conmigo, pero el caso es que con pasitos cortos y rápidos se acercó a mi mesa, fingió una sonrisa y me preguntó con ese tonito, ese que a todos nos molesta: "¿qué se te ofrece?". "Que si me prestas tu mechero y me traes otra cerveza igual, pero sin vaso, en la botella", respondí determinado a no dejar que siguiera pisoteando mis escuetos e ilusorios derechos de consumidor.  

Sacó de una de las bolsas de su mandil el encendedor, prendió mi cigarro, caminó hacia la calle, sacó de otra bolsa de su mandil un cigarro, lo prendió, de otra sacó el móvil, comenzó a escribir a toda prisa en él, y se olvidó por completo de mi cerveza.

Haberme tomado de un solo trago casi toda la cerveza comenzó a surtir su característico efecto: sentí cómo mis abultadas mejillas se sonrojaban, cómo mis orejas se calentaban y cómo disminuía un sensible porcentaje de capacidad de movimiento de mi lengua.  Otros efectos que particularmente me suceden a mí, son el envalentonamiento y la bravuconería, que si los juntamos con el terrible calor y con las legítimas ganas que tenía de tomarme sin vaso mi próxima cerveza, me llevaron a gritar, con ese tonito que tanto les molesta: "¡Amiga, mi cerveza por favor!".

Por presión de mi anterior mujer, tuve que decirle a mi anterior-anterior mujer que tenía una nueva de la cual estaba enamorado.  Nunca supe ni por qué se lo dije, ni por qué le dije lo que le dije, pero seguro cuando David vio a Goliat no tuvo tanto miedo como yo cuando terminé de decirlo.  Mi grito, en esta ocasión, debió ser tan osado que hasta el barman volteó a verme con expresión de misericordia, con la mirada con la se ve a un cachorro a media avenida, y de inmediato sentí el mismo desasosiego que la vez en que le expresé los sentimientos de mi anterior mujer a mi anterior-anterior mujer.  Con la solidaridad que en momentos de peligro nos profesamos los congéneres masculinos, presto a salvarme, gritó el barman "¡Yo se la llevo!" y volteó a ver a la mesonera buscando su aprobación.  Un instante después ella ya había regresado la mirada a su celular, al tiempo que regresó la calma al bar.

El cantinero fue hacia el refrigerador, sacó una rubia, la destapó, la sirvió en un vaso y se encaminó hacia mi mesa junto con lo que parecía ser un tazoncito de cacahuates. Cuando venía a medio camino entre la barra y mi mesa, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que requieres la cuenta, y verbalmente le pedí mi tarjeta de crédito.  Hice que se regresara.  Volvió hacia la barra, dejó en ella los cacahuates y la cerveza; se estiró y tomo de atrás mi tarjeta y encaminándose hacia mí, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que de verdad quería mi cerveza, aunque fuera clara y en vaso, y lo hice que se regresara nuevamente.  Antes de que llegara, le pregunté que de cuánto era la cuenta, y de inmediato me respondió que ochenta pesos.  Medio de mala leche dejó la cerveza y la tarjeta sobre la mesa, al tiempo en que yo sacaba la cartera y cien pesos de ella.  Los puse sobre la mesa, tomé la tarjeta, la guardé, tomé la cerveza, sentí qué tan fría estaba y de un trago me la tomé.  Me paré y me fui sin decir palabra, maldiciendo para mis adentros la hora en la que encontré ese maldito bar, dándome cuenta de que ni tiempo me dio de pensar en mi madre y mis mujeres, las presentes, las pasadas, las futuras y las que nunca lo serán.

jueves, 9 de junio de 2011

Juegos

Te escondes detrás del árbol, como niña jugando a las escondidillas. Asomas la cabeza, discretamente, pretendiendo que yo siga tu juego, esbozando esa sonrisa que desde que eras niña no volvías a esbozar.  No quieres que te vea, pero quieres que te busque, pero quieres que te encuentre.  Camino dos pasos atrás, indiferente a tus niñerías, y tropiezo con mi pasado, ése pasado que está arrumbado junto a otros cacharros viejos y que nunca me ha sido de utilidad.  Me lastimo con el pasado oxidado y me preocupa que se gangrene mi alma. No sé qué hacer. No sé si debo buscarte para que me cures. Pero más importante aun, no sé si querrás curarme o sí sólo querrás jugar a las escondidillas conmigo.

¿Pedir u ofrecer?

Durante años "pedí" disculpas.  Pedí disculpas por esto y pedí disculpas por aquello.  Un buen día, más o menos cuando tenía 18 años, mi querido y entrañable amigo Ch me dijo algo así como "las disculpas no las pides, las ofreces" y me explico que si yo estuviera pidiendo una disculpa era tanto como exigir al ofendido que él me solicitar que yo lo perdonara a él, así que dejé de "pedirlas" y comencé a "ofrecerlas".

Hace un momento publiqué una entrada que intitulé "Disculpa" y en ella les "pedí" que me disculparan por no haber escrito el lunes y por no escribir hoy.  Debo decir que la disculpa la "pedí" y no la "ofrecí" como me indicó Ch hace años, por que justo ahora, tanto tiempo después, me nació la duda sobre si Ch tenía o no razón, así que decidí consultar la página web de la Real Academia Española (una de mis páginas favoritas, debo confesar) y me enteré que Ch estaba mal y que yo durante años y años me lo creí e incurrí también en el error.

Esto dice la R.A.E. al respecto:


"disculpa.
(De dis-1 y culpa).


1. f. Razón que se da o causa que se alega para excusar o purgar una culpa.

pedir ~s.

1. loc. verb. disculparse (‖ pedir indulgencia).



Real Academia Española © Todos los derechos reservados"


Como ven, oficialmente la expresión que se utiliza con el vocablo "disculpa", es "pedir" y no "ofrecer".

Dicho lo anterior, sólo me basta pedir de manera retroactiva una disculpa a todos aquellos a los que, durante tanto tiempo, sólo les ofrecí una.

Disculpa

Sé bien que prometí aburrirlos con mis historias cada lunes y jueves, y ni el lunes escribí ni hoy pienso hacerlo, así que por ello les pido una disculpa.

miércoles, 1 de junio de 2011

Aclaración

Ayer en la noche recibí por Twitter un mensaje directo que literalmente decía: "te la estás mamando" (bueno, sin el acento).  El remitente, un viejo amigo de la Facultad, a su vez recibió de mí la siguiente respuesta lógica: "¿pooooor?" (así, con cinco "o").  Debido a que mi amigo no suele escribirme mucho, y en virtud de que siempre lo consideré un tipo serio, su categórica afirmación me alarmó.  Además, como en ninguna de las facetas de mi vida tengo el orden y el control que me gustaría, y dado que en todos los frentes de mi existencia tiendo recurrentemente a hacer pendejadas, juro que de verdad no tenía ni la más mínima idea sobre a qué se refería mi amigo.

Pasaron largos minutos, y él no me respondía.  Cuando alguien como él te hace una afirmación de este tipo, tú no sabes si: a) debes tramitar un amparo; b) debes llevarle flores a tu mujer; c) debes esconderte y pedir a la recepción que si te vienen a buscar, que digan que no estás; y/o d) irte del país.

Así, sin ser tan dramático como ocurre en las películas, hice rápidamente examen de conciencia tratando de hilar varias cosas: primero, cuándo fue la última vez que hablé con mi amigo (para fijar el periodo en el que cometí la estupidez que se me estaba recriminando, induciendo que si la hubiera cometido antes de esa vez, en esa vez me lo hubiera dicho); segundo, qué relaciones laborales, sociales, amistosas y/o de cualquier otra índole nos unen actualmente a mi amigo y a mí (para tratar de esclarecer el ámbito en el que la cagué de modo tal que él supiera que me la estaba mamando).

Mi examen de conciencia sirvió para una chingada, por que no logré descifrar en qué me la estaba mamando.  Además, en ese momento había otros factores a mi alrededor que me impedían concentrarme por completo en tan compleja empresa: estaba viendo el concierto de Roger Waters en Berlín en 1990, mi mujer justo iba llegando y me comenzó a hablar rapidísimo sobre no-sé-qué y a una de mis mejores amigas le dieron una muy mala noticia.

Exactamente 37 minutos después (según Twitter), mi amigo por fin respondió: "por tu blog, te van a divorciar".  Sólo pude responder: "Gracias".

No obstante que considero que no tengo que dar ningún tipo de explicación a nadie, y ese nadie incluye tanto a mi buen y querido amigo C como también a mi mujer (quien afortunadamente no lee ni este blog ni mis tweets, pero "por si las flys"), tan sólo quiero aclarar que las entradas que hasta ahora he escrito, son una mezcla de ficción con circunstancias de modo, tiempo y/o lugar que existen en la realidad, sobre situaciones que me han sucedido a mí o a gente que conozco, y las escribo en primera persona del singular con un toque de realismo por la simple y sencilla razón de que así me sale de los huevos, por que creo en la libertad literaria y por que aunque sea una mierda lo que escribo, me da la gana escribirlo así.

Quiero ofrecer a mi amigo C una disculpa por el tono agresivo de mi respuesta, y éste si lo quiero justificar en el hecho de que no es la primera vez que me pasa algo similar.  Cuando escribía en mi blog de myspace llegué a tener un problema marital por un tercero que se involucró en mi blog y se lo creyó.  Con Twitter ya me ocurrió también algo parecido con una amiga de mi mujer.  Y bueno, pues uno se encabrona.

Sin más por el momento, quedo a sus apreciables órdenes para cualquier duda o aclaración.

lunes, 30 de mayo de 2011

Búsqueda


Ella estaba tumbada en la cama, desnuda y toda sudada, con la cabeza hacia atrás, colgando, y con su negro cabello rozando apenas el suelo.  Fumaba y lanzaba bocanadas de humo en forma circular... se notaba que había disfrutado el encuentro, incluso más que yo.

Fue entonces cuando me preguntó mi nombre, dónde vivía, a qué me dedicaba, cuántos años tenía, y toda esa serie de estupideces que no me daba la gana contestar.  De haber querido dar detalles de mi vida, no la habría buscado en esa solitaria esquina.

Sin dar respuesta alguna, me vestí, apagué mi cigarro, puse el dinero bajo el cenicero y salí.  Alcancé a oír que me pidió que la esperara.  No le di importancia y bajé por las escaleras, dejé la llave en el "lobby" de ese sucio motel y salí para tomar un taxi.

El libre me llevó, como se lo pedí, al mercado de las flores de San Ángel, donde me bajé y fui interceptado por múltiples vendedores que imploraban porque su puesto fuera el seleccionado.  Me metí al primero que tuve enfrente, compré tulipanes blancos (tus preferidos) y tomé otro taxi.

Éste me llevó al panteón que está en Cuauhtémoc y Churubusco, y me dejó a un lado de la entrada, en medio de la nada, donde la calle estaba más oscura.  Arrojé mi saco cuidando que quedara sobre las púas, aventé los tulipanes al otro lado y como pude, torpemente, salté la barda.

Te busqué entre las tumbas, con los tulipanes medio rotos en la mano.  Recorrí el cementerio tratando de encontrarte, atravesando entre recuerdos propios y ajenos, entre aquellos que alguna vez fueron buscados por otros, entre olvidados, entre algunos que no descansan en paz y entre otros que no les interesa seguir presentes en la conciencia de sus deudos.

No te encontré.  Dormí a lado de alguna a la que otro debió haber amado tanto como te amo a ti.  Dos veces hoy te busqué y en ninguna tuve suerte, la primera mujer con la que estuve no eras tú pues no me reconociste cuando te hice el amor, y la segunda, no me agradeció que pasara la noche a su lado.

Túneles

"¡Maldita sea la hora en la que se me ocurrió poner este maldito escape eslovaco!", pensé en lo que descifraba cómo pasar frente a su departamento sin que oyera el ronco rugido de mi motocicleta.  Rápidamente volví en razón y descarté la idea de que ella identificara tan singular sonido.  Hasta una pequeña sonrisa esbocé, pensando que si con dificultad me identifica a mí, con mucho mayor razón no identificaría los relinchos de mi yegua.  Aun así, al ponerse la luz verde decidí acelerar lo suficiente como para llegar de un sólo impulso hasta su casa y poner neutral unos metros antes y así, evitar cualquier posibilidad de que supiera que estaba ahí.

Horas antes, frente a la computadora, el teclado se negaba a escribir la desabrida demanda que tenía que preparar, y se empeñaba tan sólo en escribir las letras que componen su nombre... la pantalla jugaba a hacer palíndromos y acrósticos con su nombre, lo subrayaba y lo ponía en cursivas, y en alguna ocasión, hasta le puso apellido de casada y el nombre y el apellido de nuestros hijos.  Era fin de semana y no sería fácil encontrar un pretexto medianamente decente para verla.  La demanda podía esperar, mis ansias no. Tomé el casco, la chamarra, y sintiéndome parte de un urbano western monté mi caballo y galopé hacia su finca, sin ni siquiera saber si ella estaría ahí o no.

Pasé una primera vez, procurando ser muy cauteloso y tratando de ver si había luz dentro del departamento.  Era media tarde y el Sol, resplandeciente espectador, no escatimaba en lo absoluto en repartir sus poderosos rayos a diestra y siniestra,  y en esparcir las cenizas de los colores sepias que identifican la ausencia de lluvias.   Ninguna luz en toda la Ciudad, y tal vez en el país entero, estaba prendida.  La puerta del balcón semi-abierta tampoco era un fiable indicador de si ella estaba o no, pues los más de treinta grados centígrados que incendiaban el pavimento orillaban a todo propietario de cualquier tipo de ventana o puerta a dejarla abierta con la esperanza de la llegada de una brisa que no se haría presente.

Estacioné la moto sobre la banqueta, una calle adelante de su edificio.  Me apeé y comencé a caminar a paso franco y confiado hacia mi destino; mi mente estaba clara y concentrada, y en mi cabeza sólo se encontraban su imagen y su aroma, y eran tan reales que casi podía masticarlos.  Unos pasos antes de llegar, recordé que no tenía guardado bajo la manga ningún pretexto que justificara mi repentina e inadvertida aparición, y tan rápido como me envalentoné, me acobardé.  No sé si era por el calor o por lo nervios, pero fue hasta ese preciso instante en que comencé a sentir el sudor recorriendo mi frente, purificando mi mente.  "Con este calor no puedo pensar", me dije, y me dirigí al minisúper que se encuentra en la esquina, para comprar un agua mineral -hace años, más de quince para ser preciso, en la esquina de casa de Paty había una tienda de abarrotes, normal, como las de antes, y el bigotón que la atendía ya me conocía, aunque me despachara como si nunca me hubiera visto; hoy, la proliferación de oxxos, seven/eleven y similares, con sus múltiples e inestables empleados, ha abierto más la brecha existente entre lo personal y lo impersonal: jamás se prestarán a ser tus cómplices en ninguna empresa romántica, por ejemplo-.

Tomé hasta la última gota de agua mineral creyendo que saciaría por completo mi sed, pero no fue así, por que el malestar que sentía no era sólo físico y sólo se remediaría si ella y yo cantáramos al unísono un himno nunca antes cantado ni jamás oído, compuesto desde siempre exclusivamente para nosotros.   La desértica Ciudad, su pasmosa estática y su calor infernal freían mi cerebro, y me impedían juntar las piezas de lo que yo quería que fuera el plan más audaz de todos los tiempos.   Me encaminé nuevamente hacia su edificio, caminando por la banqueta contraria, todavía sin un plan. Me desparramé sobre la banqueta recargándome contra la pared, a la sombra de una gran palmera.  ¿Qué pasa si simplemente llego y toco el timbre? "-¿Quién?", preguntaría, "-¡Yo, el amor de tu vida!", respondería.  Tarde o temprano sabría cuán enamorado estoy de ella, ¿por qué no de una vez?

Resuelto, me levanté, crucé la calle, me paré en su portal, y toqué el timbre una vez, tímidamente, apenas haciendo contacto; no sé cuánto pasó, y volví a tocar, en esta segunda ocasión fue un toque más prolongado. Nadie respondió. Corrí hacia mi moto, recordé de inmediato cuando era niño y jugaba precisamente a eso: tocar timbres y correr.  Llegué a la moto, maldije mi suerte pero sobre todo mi cobardía, mientras me ponía el casco y los guantes.  Arranqué.  Pasé nuevamente frente a su departamento y noté que la puerta del balcón estaba cerrada.  Tal vez fue una ráfaga de viento que no noté y la cerró, tal vez no di tiempo suficiente a que atendiera el interfono y tal vez ella se asomó y me vio correr, nunca lo sabré.

viernes, 27 de mayo de 2011

Breve aclaración sobre el fondo de pantalla

En el fondo de la pantalla, como verán, se encuentran tres mujeres casi representando una divina trinidad. Tienen pinta de prostitutas y parecen golpeadas, sucias, acabadas; pretenden, etéreas, ser una imagen sobre una lámina oxidada, que en realidad es un vagón de tren.  La obra intitulada "Las Hechiceras", de Rafael Cauduro (sugiero entrar a la página www.cauduro.com), tiene un gran significado para mí, pues evoca tiempos mejores.

Por ahí de los 15 o 16 fui a Bellas Artes por casualidad, y tuve la fortuna de conocer la obra de Cauduro, que estaba como exposición temporal.  Me impresionó. Me impresionó tanto que me compré un póster, y ese póster fue precisamente el de Las Hechiceras, y lo colgué en la puerta central de mi clóset, y ahí estuvo desde ése día y hasta el día que tuve que desocupar y entregar la casa de mis padres, en General Cano.  Si algún lector me conoce desde entonces, seguro lo recordará, y seguro recordará, como yo en este preciso instante, a Paty.

General Cano, Paty, Papá, Mamá, recuerdos de una vida que, si no fue mejor, por lo menos sí fue más divertida.

Llagas

Sé bien que, de proponérmelo, puedo hacer llaga de la herida.  Sé bien que puedo lastimarla en el mismo lugar en el que otras tantas veces otros tantos hombres la han dañado, y que ese corazón roto jamás se curaría, de proponérmelo. Y sé que, por lo mucho que la quiero, no debería hacerlo, pero que aun así lo haré. Me lo propongo desde este instante. La lastimaré, por que soy un sádico; un sádico que con innecesaria crueldad sacia sus más perversas necesidades transformando en carroña los sentimientos de los demás. Me pondré la misma máscara que nunca me he quitado, y me haré pasar por el hombre bueno y decente que los demás creen que soy -tengo el papel perfectamente bien estudiado-. Y así avanzaré lenta e hipócritamente hacia el enfermo fin al que seguro llegaré. No puedo ni quiero negar mi naturaleza predadora.  Habrá daños colaterales, ¡muchos!, pero no me importan por que ni siquiera los asumiré: evadiré cualquier responsabilidad a toda costa.  Solo, y sólo quebrantando tantos espíritus, seré lo que creo es ser feliz.

jueves, 26 de mayo de 2011

Nueva tecnología

Qué triste es que se "previsualice" un mensaje de texto en tu Smart Phone que dice: "besos", y que al abrirlo te das cuenta de que no es ella quien te lo envió.

Supongo que los sociólogos y todos aquellos profesionales que estudian las relaciones humanas deben tener actualmente mucho trabajo; debe ser complejísimo tratar de entender, y mucho más aún pretender explicar, cómo se entrelaza hoy día la gente, cómo se utilizan las nuevas tecnologías para ello.

E-mails, Facebook, Twitter, Whatsapp, Messenger, etc., etc., etc., reuniendo antiguos amigos, provocando peleas de parejas, acercando madres e hijos, y en el mayor número de casos, ayudando a los solitarios a encontrar con quién pasar la noche.

Mi "despertar a la sexualidad" fue casi simultáneo a la llegada del "bipper", y recuerdo como si hubiera sido ayer el ansia que me provocaba que Paty me dijera que me iba a escribir y que no lo hiciera.  Esperar horas frente al "bipper", revisarlo y una y otra vez "por si no tenía señal", o por si había llegado el mensaje y no había escuchado la campanita. Era una tortura tecnológica.

Y actualmente sucede lo mismo... reviso Mis Llamadas Perdidas, los mensajes de texto, Twitter y Whatsapp esperándola a ella, aunque sé que no tiene nada que decirme.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Al principio.

Eso sí, siempre me gustó. No estoy seguro de tener algún testigo de ello, es decir, no sé si desde el primer momento en que la vi le dije a alguien: "¡mírala, me gusta!", pero aunque haya pasado tanto tiempo sé que siempre me gustó. Obviamente no me enamoré de ella desde un inicio, ni desde un inicio la quise tanto como la quiero ahora. Tampoco estoy seguro de qué es lo que primero me gustó de ella, aunque eso no importa para nada en lo absoluto.

Lo que sí recuerdo es verla reír a carcajadas en medio de una explanada lúgubre repleta de estudiantes preocupados por una calificación, por algún encargo de su incipiente trabajo o por la política nacional. Teníamos muchos amigos en común, y aunque estoy seguro que ella difícilmente sabía sobre mi existencia, en las reuniones en la que se hablaba de ella yo nunca perdía detalle sobre las historias en las que estaba involucrada, y eso que eran muchas: que trabajaba en tal sitio con fulano, que se había ido de viaje a no sé dónde con sultano, que fue al fut con mengano y a tal concierto con perengano, y que de todos estaba enamorada.

Y debo confesar que aunque ella aún se encuentra enlazada de una forma u otra a diversos fulanos, sultanos, merenganos y perenganos, ello, lejos de causarme conflicto y volverme loco de celos, la vuelve aún mucho más atractiva para mí, y esto es así porque una de las cosas por las que me enamoré de ella es por la arrebatada, desequilibrada e irracional pasión que siente por ellos, y por la vida en general.