miércoles, 25 de mayo de 2011

Al principio.

Eso sí, siempre me gustó. No estoy seguro de tener algún testigo de ello, es decir, no sé si desde el primer momento en que la vi le dije a alguien: "¡mírala, me gusta!", pero aunque haya pasado tanto tiempo sé que siempre me gustó. Obviamente no me enamoré de ella desde un inicio, ni desde un inicio la quise tanto como la quiero ahora. Tampoco estoy seguro de qué es lo que primero me gustó de ella, aunque eso no importa para nada en lo absoluto.

Lo que sí recuerdo es verla reír a carcajadas en medio de una explanada lúgubre repleta de estudiantes preocupados por una calificación, por algún encargo de su incipiente trabajo o por la política nacional. Teníamos muchos amigos en común, y aunque estoy seguro que ella difícilmente sabía sobre mi existencia, en las reuniones en la que se hablaba de ella yo nunca perdía detalle sobre las historias en las que estaba involucrada, y eso que eran muchas: que trabajaba en tal sitio con fulano, que se había ido de viaje a no sé dónde con sultano, que fue al fut con mengano y a tal concierto con perengano, y que de todos estaba enamorada.

Y debo confesar que aunque ella aún se encuentra enlazada de una forma u otra a diversos fulanos, sultanos, merenganos y perenganos, ello, lejos de causarme conflicto y volverme loco de celos, la vuelve aún mucho más atractiva para mí, y esto es así porque una de las cosas por las que me enamoré de ella es por la arrebatada, desequilibrada e irracional pasión que siente por ellos, y por la vida en general.

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