lunes, 20 de junio de 2011

Cerveza


La acera quemaba, y se podía sentir su asfixiante calor desde lejos, aun sin seguir tocándola.  Fue una gran coincidencia que cuando más agotado me sentí, encontrara este bar vacío.  Eché mi cigarros a la mesa y me siento.  Mis pies colgaban de la silla, y jugueteé con ellos como cuando era niño, como si quisiera espantar al calor que se depositó en ellos.  Es extraño pero, siempre que voy a empezar a beber inmediatamente pienso en mi madre, bueno, en ella y en todas las mujeres que han pasado por mi vida; incluso también pienso en las que todavía no han sido mis mujeres, aunque tal vez sobre las que más medito es respecto de las que nunca lo serán.

Se acercó la mesera y le pedí una cerveza ("oscura por favor"), mientras trataba de adivinar qué tesoro escondía tras su escote.  Era una morena que no debía tener más de 21 años, y aunque su complexión y su rostro eran "promedio", tenía unos divinos ojos negros que guardaban un brillo seguramente reservado para otro.  

Esperé impacientemente el elixir de la cebada, mientras oía la mala música que sonaba en ese bar, al igual que en casi todos los bares del barrio.  Descuidada y con prisas, la princesa azteca regresó con mi cerveza y la comenzó a servir en vaso, sin darme tiempo siquiera a decirle cuánto odio no tomar la cerveza de la botella.  Garabateó algo en un pequeño block del cual arrancó la primera hoja con la misma premura que quien se arranca una cana, y la puso en la mesa.  "Voy a pedir más", aclaración que al parecer le cayó igual de mal que si le hubiera dicho "te voy a meter mano", y me indicó que entonces necesitaba mi tarjeta de crédito para abrirme una cuenta.  

En lo que hice los movimientos necesarios para tomar mi cartera de la bolsa trasera de mi pantalón, ella sacó de su mandil un teléfono móvil en el que parpadeaba un foco rojo, y comenzó a escribir en él a una velocidad increíble, mientras fruncía cada vez más el ceño.  Seguro el pobre incauto que estaba del otro lado de la línea también le dijo: "Voy a pedir más", por que al parecer la morena estaba tan enojada con él como conmigo.

Esperé pacientemente a que terminara de escribir, mientras sostenía entre el índice y el anular al troyano que de tantos problemas me había sacado.  No me atreví a decir una sola palabra como "ten" o "aquí está mi tarjeta", por miedo a que la próxima cerveza me la sirviera de sombrero.  42 segundos después finalizó su electrónica epístola, devolvió el móvil al mandil, tomó la nota que estaba sobre la mesa, arrancó mi tarjeta de entre mis dedos, se dio la media vuelta y se fue hacia la barra.  Curiosamente, no era la primera vez que me pasaba eso, otras se han tardado años en hacer lo que ésta hizo en dos minutos: irse enojada y llevarse lo poco que tengo.

Tomé el vaso y sentí cómo sudaba, mientras trataba de calificar qué tan fría estaba mi cerveza, y no, nunca está tan fría como yo la quiero.  Le di un pequeño trago, sentí cómo bendecía mi garganta, y en segundos olvidé a la mesera morena.  También curiosamente, no era la primera vez que eso me ocurría: el alcohol siempre me hace olvidarlas tan rápido como las olas borran las huellas de la arena (al menos por un momento).

Un ruido rasgado salía de la bocina que estaba enfrente de mí, pero ni el barman ni la mesera parecían notarlo; les era tan indiferente como lo era mi persona.  La sosa y desabrida melodía pop que emanaba del equipo de sonido, adornada con insípidos toques electrónicos, me indicaba que al parecer esa sofocante tarde no sería amenizada por la música, el nirvana de mi vida.  Vi el reloj con el mismo recelo con el que él me veía a mí, y los dos, tácitamente, acordamos no molestarnos más, al menos no por lo que quedaba de la tarde.  Saqué un cigarro, y dentro de la cajetilla no estaba el encendedor.  Busqué en el pantalón, y no estaba.  Volví a buscar pero en esta ocasión con la misma diligencia con la que un policía cachearía a un ladrón, y nada, no apareció.  No sabía si mis ganas de fumar eran tantas como para llamar a la camarera y pedirle fuego.  Tras un breve debate interno, el vicio ganó, como siempre lo hacen todos.  

Me apresuré a tomar de un solo trago la cerveza, para de una vez pedir otra y al mismo tiempo pedirle encendedor y no tener que lidiar con ella más de lo necesario.  Nunca he sabido cómo llamar a las meseras mujeres; en cualquier cantina puedes llamar al mesero gritando "¡joven!", aunque tenga 65 años, lo que demuestra que el idioma sigue estando atrás de las necesidades humanas, por más mundanas y básicas que éstas sean, ya que las palabras jamás terminarán de explicar la plácida sensación de comer, defecar y fornicar. "¡Amiga!" tímidamente salió de mi boca.  Ella, concentrada nuevamente en el móvil, no respondía.  "¡Amiga!" grite más fuerte, lo que la hizo voltear y echarme la misma mirada que me echaba mi madre cuando rompía algo de la casa, que es la misma que te echan todas las mujeres cuando descubren que les has roto el corazón.  Con el cigarro en la boca, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que requieres fuego, y la seña que internacionalmente indica que quieres que te sirvan otro trago igual al que estás tomando.  Al parecer, o hice mal las señas que tan practicadas tengo, o la morenaza no era nada internacional, o simplemente estaba enojada y quería desquitarse conmigo, pero el caso es que con pasitos cortos y rápidos se acercó a mi mesa, fingió una sonrisa y me preguntó con ese tonito, ese que a todos nos molesta: "¿qué se te ofrece?". "Que si me prestas tu mechero y me traes otra cerveza igual, pero sin vaso, en la botella", respondí determinado a no dejar que siguiera pisoteando mis escuetos e ilusorios derechos de consumidor.  

Sacó de una de las bolsas de su mandil el encendedor, prendió mi cigarro, caminó hacia la calle, sacó de otra bolsa de su mandil un cigarro, lo prendió, de otra sacó el móvil, comenzó a escribir a toda prisa en él, y se olvidó por completo de mi cerveza.

Haberme tomado de un solo trago casi toda la cerveza comenzó a surtir su característico efecto: sentí cómo mis abultadas mejillas se sonrojaban, cómo mis orejas se calentaban y cómo disminuía un sensible porcentaje de capacidad de movimiento de mi lengua.  Otros efectos que particularmente me suceden a mí, son el envalentonamiento y la bravuconería, que si los juntamos con el terrible calor y con las legítimas ganas que tenía de tomarme sin vaso mi próxima cerveza, me llevaron a gritar, con ese tonito que tanto les molesta: "¡Amiga, mi cerveza por favor!".

Por presión de mi anterior mujer, tuve que decirle a mi anterior-anterior mujer que tenía una nueva de la cual estaba enamorado.  Nunca supe ni por qué se lo dije, ni por qué le dije lo que le dije, pero seguro cuando David vio a Goliat no tuvo tanto miedo como yo cuando terminé de decirlo.  Mi grito, en esta ocasión, debió ser tan osado que hasta el barman volteó a verme con expresión de misericordia, con la mirada con la se ve a un cachorro a media avenida, y de inmediato sentí el mismo desasosiego que la vez en que le expresé los sentimientos de mi anterior mujer a mi anterior-anterior mujer.  Con la solidaridad que en momentos de peligro nos profesamos los congéneres masculinos, presto a salvarme, gritó el barman "¡Yo se la llevo!" y volteó a ver a la mesonera buscando su aprobación.  Un instante después ella ya había regresado la mirada a su celular, al tiempo que regresó la calma al bar.

El cantinero fue hacia el refrigerador, sacó una rubia, la destapó, la sirvió en un vaso y se encaminó hacia mi mesa junto con lo que parecía ser un tazoncito de cacahuates. Cuando venía a medio camino entre la barra y mi mesa, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que requieres la cuenta, y verbalmente le pedí mi tarjeta de crédito.  Hice que se regresara.  Volvió hacia la barra, dejó en ella los cacahuates y la cerveza; se estiró y tomo de atrás mi tarjeta y encaminándose hacia mí, le hice con la mano la seña que internacionalmente indica que de verdad quería mi cerveza, aunque fuera clara y en vaso, y lo hice que se regresara nuevamente.  Antes de que llegara, le pregunté que de cuánto era la cuenta, y de inmediato me respondió que ochenta pesos.  Medio de mala leche dejó la cerveza y la tarjeta sobre la mesa, al tiempo en que yo sacaba la cartera y cien pesos de ella.  Los puse sobre la mesa, tomé la tarjeta, la guardé, tomé la cerveza, sentí qué tan fría estaba y de un trago me la tomé.  Me paré y me fui sin decir palabra, maldiciendo para mis adentros la hora en la que encontré ese maldito bar, dándome cuenta de que ni tiempo me dio de pensar en mi madre y mis mujeres, las presentes, las pasadas, las futuras y las que nunca lo serán.

3 comentarios:

  1. Me gusta mucho lo que escribes, desde hoy soy tu fan!

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  2. Mil gracias por tu comentario! Creí que nadie leía mis idioteces! jajajajaja

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  3. Di con tu blog porque leo a Rojomon, no son idioteces, empece a leer y me atrapaste, asi que, no dejes de hacerlo!!

    Mi nombre es Alejandra y soy fan!! :)

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