Recién llegaron mis papás a México, nací, y recién nací, compraron una Caribe 1980, azul cielo, de cuatro puertas, que más tarde sería bautizada por mis amigos como “La Pitufa”.
La Pitufa estuvo en mi familia tanto tiempo, que se hizo parte de ella.
Recuerdo a mi mamá, llevándome a la escuela en la primaria. Muchas veces íbamos con nuestra perra “La Loby” (que era una “pastor belga” negra, con la cara delgadita, gorda, gorda, gorda, gorda como bóiler, y con las patitas delgadas como palillos), por que después de dejarme, se iba con la perrita al Parque de los Venados.
¡Hay tantos recuerdos de esas dejadas en la escuela: en ocasiones cantábamos en italiano. Una de las canciones que hasta hoy recuerdo es “Il Canto degli Arditi”, una canción que años después me enteré que era política pro-fascista, y que hoy me enteré que se llama así y que toda la vida la he cantado mal (¡gracias youtube!).
Cuando en sexto de primaria tuve que comenzar a llegar temprano a la escuela, mi madre y yo íbamos en La Pitufa oyendo La Tremenda Corte, el programa de Gutiérrez Vivó, y el programa de Ikram Antaki, que la verdad era interesantísimo. Mi mamá se emocionaba hablando de Ikram Antaki, pero se emocionaba de verdad; la admiraba muchísimo. Siempre que había alguna plática sobre “gente inteligente”, mi mamá citaba a Antaki.
También recuerdo que casi todo un año a mi mamá le dio flojera hacer el desayuno y decretó que todos los días desayunaríamos en el Lynis (que hoy es Vips) que está en Insurgentes una cuadra después de Eugenia. Todos los días, en el mismo lugar de la barra, con la misma mesera atendiéndonos.
Pues sí, creo que La Pitufa fue el “foro libertario” en el que mi madre y yo más llegamos a conocernos.
También recuerdo que mi papá me llevaba muy poco a la escuela, por dos razones: la primera y la más importante, porque toda su vida ha odiado levantarse antes de las diez de la mañana, y otra porque mi mamá se lo prohibió porque muchas –no exagero, muchas- veces, en lugar de ir a la escuela nos íbamos de pinta. ¡Era tan fácil convencerlo de irnos de pinta! Nos íbamos a desayunar, a caminar al Centro, a alguno que otro museo, y a veces a ningún lugar en especial, como algún parque. Regresábamos a la casa como a las 11 o 12, y mi mamá nos ponía unas regañadas bárbaras a los dos por nuestras pintas, y guardábamos esa complicidad que años más tarde y hasta hoy día, muy a mi pesar, seguimos teniendo.
Con mi papá, los recuerdos sobre La Pitufa eran en la tarde. Mi mamá se quedaba en la casa a hacer la comida y a mi papá le tocaba ir por mí. Con mi papá no cantaba, en ocasiones oíamos jazz en el radio (creo que en 620, y recuerdo cómo me mencionaba nombres de Jazzistas, que si fulano tocaba con sultano, y sultano había tocado con perengano, y yo ponía cara de que sí sabía de qué estaba hablando; siempre supe darle el avión a mi papá, para complacerlo), pero la mayoría de las ocasiones platicábamos sobre la vida, sobre filosofía, y me contaba sus historias, las cuales me maravillaban antes tanto como ahora.
Todos mis días de escolar, desde la primaria hasta la universidad, mi papá nunca me preguntó cómo me fue en la escuela, ni mucho menos me increpó en ninguna ocasión por mis calificaciones, siempre fue la misma, la misma, la misma pregunta: “¿Qué aprendiste?”, y yo tenía que choreármelo con algo que me hubieran enseñado, y sobre eso platicábamos. Mi papá sabe mucho de todo, o bueno, al menos eso siempre creí; siempre tenía algún comentario o alguna adición o algo de algo que aportar sobre lo que me habían enseñado.
La Pitufa también guardó otro importantísimo lugar en mi vida: mi adolescencia y mis primeros años de juventud.
Más o menos como a los 15, al que en ese entonces era uno de mis cuatro mejores amigos, J.R.F.N., sus papás le dieron primero un lanchón que no recuerdo qué marca era, y luego un Volkswagen Derbi verde horrible –pero nuevecito. Y bueno, creo que a todos nos entra a esa edad la cosquillita de manejar. Total, fue en La Pitufa en la que J.R.F.N. y mis otros otros dos mejores amigos R.C.G. y J.J.C. de la Ll., me enseñaron a manejar en La Pitu. Luego, en la Pitu, yo enseñé a manejar a mi otro mejor amigo R.O.R., a quien sus papás le dieron un vocho azul “chiclamino” viejísimo. En esos años de adolescencia, sólo J.R., R.O. y yo teníamos coche, lo cual nos brindó muchísimos privilegios con las damas.
P., L.P.G.C., para ser más exactos, mi primer gran amor. La Pitufa y la Colonia Nápoles fueron testigos de los más ardientes fajes que ha habido en la historia de la humanidad. La pasión –o urgencia- que tienes a los 16, no la vuelves a tener nunca más en la vida, creo. Yo salía de La Salle como a la 1.30, iba rápido a la casa, recogía La Pitufa, y de ahí me iba a La Florida a recoger a P. Trataba siempre de estacionarme frente a la puerta principal, me bajaba, le subía al radio, y con cigarro en mano y gafa oscura, esperaba a P. Quería que todos supieran que estaba ahí, que yo era grande y tenía coche y fumaba, y que P. era mi novia. En retrospectiva: penita ajena de mí mismo. De la Florida nos íbamos hacia su casa, primero en la calle de Indianápolis y luego en la de Róchester. Pero en el camino solíamos perdernos en alguna callecilla y manosearnos como Dios manda, dentro de la Pitufa, oyendo a The Cure o a los Rolling Stones o cualquier cosa que estuviera en Radioactivo o en Órbita; o oyendo “Las Flores” de Café Tacuba, que siempre fue nuestra canción. Luego íbamos a su casa, la dejaba, y me iba a mi casa a comer.
La Pitufa también fue testigo de mi primer gran infidelidad, y de cómo mis mejores amigos se pelearon entre sí. R.C.G. y J.J.C. de la Ll. comenzaron a andar con dos chavas del Instituto Simón Bolívar: J.C.E. y L.G.R., respectivamente, y después, mis otros dos mejores amigos J.R.F.N. y R.O.R., también respectivamente, anduvieron con ellas. Sólo J.R.F.N. y J.C.E. se casaron y procrearon. Pero bueno, en ese entonces, una de las mejores amigas de J. y L. era un güerita desabrida y flaquita llamada S. (no recuerdo los apellidos) y ¡zas! ¡que empiezo a andar con ella al mismo tiempo que con P.! Así, durante más de un mes, hice unas travesías enormes en La Pitu: recogía a S. en el Instituto, la llevaba a su casa en Iztapalapa y de ahí me iba a la Nápoles a ver a P. Al mes y medio alguien le dijo a P. y me cortó, me cortó por 2 meses, y las fechas exactas fueron del 14 de diciembre de 1995 al 14 de febrero de 1996. No me pregunten por qué me acuerdo de las fechas.
Quiero hacer una aclaración cronológica respecto de los dos párrafos anteriores: Comencé a andar con P. el 22 de septiembre de 1995, y como dos meses después fue que empecé a ponerle el cuerno con S., hasta que P. se enteró y me cortó, como ya dije, el 14 de diciembre de 1995, y volvimos hasta el 14 de febrero de 1996. Entre que empezamos a andar y me cortó, nunca fajé con ella en La Pitufa, pero con S. sí cuando le ponía el cuerno a P. Los fajes de los que hablo, que ocurrieron en la Nápoles sucedieron ocho meses después de que volvimos, y fueron hasta después de que su servidor conociera las mieles del amor. By the way, “perdí el quinto” en la alfombra de la oficina de L., el novio de A.C.G., hermana de R.C.G., en la Colonia San José Insurgentes, mientras oíamos el Wild Mood Swings de The Cure. De ahí pa’l real, La Pitufa fue donde P. y yo echamos esos míticos fajes y en ocasiones, algo más arriesgadito.
Pero La Pitu no sólo nos vio a P. y a mí encontrarnos en el amor, vio a la mayoría de mis amigos, por que la mayoría de mis amigos la usaron en algún momento de sus primeros pasos románticos.
Recuerdo que R.C.G. y yo íbamos de noche al centro de Coyoacán, estacionábamos La Pitu en medio de los dos parquecitos, y nos metíamos a hurtadillas a los jardines a arrancar rosas para llevárselas a nuestras amadas. En más de una ocasión tuvimos que huir de algún policía que quería desquitar el sueldo.
Ya es tarde y me esperan en mi casa, otro día los aburro con la siguiente parte de la historia de La Pitu.
Nooo buenoooo!!!! Primero , gracias por la advertencia, pero si me gusto!!! Y donde anda que no ha escrito????
ResponderEliminarmi mama es una pitufa
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